Continuo reflexionando en relación a la posibilidad de convertir a la investigación en la principal fuente de recursos de una universidad privada, basándonos organizacionalmente en el concepto de "práctica" ofrecido por MacIntyre.
La entrada previa concluía proponiendo la creación de unidades académicas semi-autónomas, como una medida que pretendía cerrar la brecha abismal entre lo administrativo y lo académico en una institución educativa universitaria. Esta entrada me dedicaré a exponer más ampliamente el concepto de "unidades académicas semi-autónomas"; en particular, hablaré sobre el tamaño que éstas unidades podrían tener.
El tamaño de las “unidades académicas semi-autónomas” dependería de la cantidad de aprendices o alumnos interesados en aprender tal o cual disciplina. En efecto, en el presente algunas universidades desisten de abrir o proporcionar algunos servicios educativos (carreras) por la escasez de alumnos interesados en las mismas. La propuesta que aquí hago permitiría reducir a un mínimo el número de aprendices requeridos para que una universidad decidiera brindar un servicio, permitiendo que aquellos jóvenes interesados en aprender determinada disciplina pudieran hacerlo y no tuvieran que desistir de cursar esa carrera, o peor aún, de realizar estudios universitarios.
Se trata de la posibilidad de ir ajustando el tamaño de las “unidades académicas semi-autónomas” de acuerdo a la cantidad de alumnos que se inscriben cada inicio de actividades. A continuación les muestro un par ejemplos extremos que nos permitirán ilustrar mejor lo que quiero decir.
Supongamos que una Universidad está en la opción de abrir un nuevo servicio educativo (una nueva carrera), digamos una ingeniería. Ello sería posible en tanto, dicha institución, contara con, al menos, un excelente prospecto para maestro en esa área de estudio. Supongamos ahora que, en un caso muy extremo, sólo cinco personas están interesadas en cursar ese tipo de disciplina. Lo normal en el presente es que se desista de abrir ese servicio (los costos de operación del mismo serían demasiado elevados). Pero, para el modelo que estoy adelantando, ello no sería necesariamente así.
Lo que ocurriría es que, esos cinco aspirantes, serían aceptados para trabajar con el único maestro que por el momento formaría parte de esa “unidad académica semi-autónoma”. Ese maestro tendría que hacerse cargo de la formación integral de sus alumnos durante el primer año (con excepción del aprendizaje de idiomas, que serían enseñados por los expertos en cada lengua, y de algún otro conocimiento de carácter meramente instrumental como, por ejemplo, de informática). El trabajo que ese maestro con sus alumnos realizara durante ese año, además de representar un gran aprendizaje para ellos (y de generar lazos humanos muy estrechos), debería de verse reflejado en ciertos resultados publicables en revistas científicas indexadas de la especialidad, por ejemplo. Tales publicaciones no sólo servirían para certificar y respaldar el trabajo que ese maestro realiza con sus alumnos; sino que, además, contribuiría para tratar de atraer una mayor cantidad de alumnos para el siguiente periodo de inscripciones.
Supongamos que, el siguiente año, hay otros cinco alumnos que desean cursar esa carrera. La “unidad académica semi-autónoma” contaría ahora, además de con el maestro director de la unidad (el maestro que en origen abrió el servicio educativo), con un nuevo maestro-aprendiz que compartiría con el primero, las responsabilidades propias de la “unidad académica semi-autónoma”.
Ahora bien, supongamos que esa demanda de cinco alumnos nuevos por año se mantiene. Y que la carrera fuera diseñada para concluirse en cuatro años. Ello nos llevaría a que el servicio educativo tuviera en total 20 alumnos al año, y que la “unidad académica semi-autónoma” contara con 4 miembros. Un director y tres maestros-aprendices; responsables todos ellos de la formación integral de los alumnos. Responsables, también, de aportar con sus investigaciones al bienestar general. Y responsables, por último y no menos importante, de la carga administrativa que la universidad les asignara. Todo ello, como hemos venido insistiendo, con el compromiso de buscar los más altos niveles de excelencia.
En un ejemplo como el anterior tendríamos, al paso de 4 años, un grupo de investigación (unidad académica semi-autónoma) con 4 miembros permanentes, y alrededor de 20 miembros temporales. Habría que considerar, claro está, la deserción que, de cualquier manera, no sería la misma por la cercanía de la atención que recibirían los alumnos. Sin embargo, lo importante es que se mantendría abierto el servicio educativo a través de la unidad académica semi-autónoma. De ésta, sólo se esperaría que sus resultados, en los distintos niveles en que debería contribuir con la excelencia y el prestigio de la universidad, se dieran de manera permanente. Veamos el otro ejemplo.
Pensemos ahora en un servicio educativo que cuenta con 20 alumnos nuevos por año. ¿Se requerirían de cuatro profesores por año, es decir, de diez y seis maestros que conformaran la “unidad académica semi-autónoma”? No. En tal caso sólo se requerirían de nueve maestros, uno que se desempeñaría como director de la “unidad académica” y ocho que lo harían como maestros-aprendices. La razón es la siguiente:
En el primer ejemplo, cada cinco alumnos significaban un nuevo maestro porque cada grupo nuevo debe tener al menos un maestro responsable. No obstante, lo ideal es que se cuente con un profesor por cada diez alumnos[1]. Y un director que lidere la totalidad del trabajo que se realice dentro de la “unidad académica semi-autónoma”.
Pero, lo importante no sería tanto el tamaño de las “unidades académicas semi-autónomas”; sino, la capacidad de realizar su labor académica con excelencia, elevando con ello el prestigio de la institución y, por tanto, su capacidad para atraer alumnos. En una situación ideal, uno puede imaginar una casa de estudios que cuenta con un número importante de grupos de investigación que se encuentran realizando actividades de alto impacto social. Grupos de investigación que, además, mantienen un alto nivel de excelencia en sus investigaciones, publicaciones y actividades docentes. Grupos de investigación en los que los alumnos se formarían verdaderamente de manera integral. Y, finalmente, grupos de investigación que significarían altas posibilidades de generación de recursos para la universidad, a bajos costos.
Esto último es muy importante. Ya hemos dicho que muchas de las universidades del presente sienten temor por los costos que representa la investigación. Por esa y por otras razones, se han olvidado que una universidad que se digne en ser llamada así, debe realizar tres funciones básicas: investigación, docencia y difusión (extensión).
Lo paradójico del caso es que, como hemos insistido desde la primera entrada de este blog, al negarse a investigar y al concentrar su atención exclusivamente en la docencia, dejan de lado la parte más importante del “negocio universitario”. Y es que, cuando la actividad investigativa se lleva con la excelencia debida, puede y debe ser la mayor fuente de ingresos económicos para una universidad.
En el presente, muchas de nuestras casas de estudio se preocupan por ganarle los alumnos a la competencia. Pero, no se trata de ganar a los mejores alumnos, sino a aquellos que pagan mejor. Y es que, según dicen algunos de los administradores de estas casas de estudio, y de manera muy lamentable algunos Rectores de las mismas, cada colegiatura cuenta.
Pues bien, para el modelo que estoy presentando el “pleito” sería por atraer a los alumnos con el mejor potencial en virtudes para una práctica; ello sin importar su situación económica; pues, si se lleva al cabo con excelencia la actividad investigativa propia de esa práctica, no necesitaría de la colegiatura del alumno brillante, sino de su aportación a la búsqueda de la verdad y con ello del bien común.
En la siguiente entrada comenzaremos a ver algunos de los lineamientos generales más importantes que implicaría esta propuesta para las universidades privadas. Hasta entonces, muchas gracias.
El tamaño de las “unidades académicas semi-autónomas” dependería de la cantidad de aprendices o alumnos interesados en aprender tal o cual disciplina. En efecto, en el presente algunas universidades desisten de abrir o proporcionar algunos servicios educativos (carreras) por la escasez de alumnos interesados en las mismas. La propuesta que aquí hago permitiría reducir a un mínimo el número de aprendices requeridos para que una universidad decidiera brindar un servicio, permitiendo que aquellos jóvenes interesados en aprender determinada disciplina pudieran hacerlo y no tuvieran que desistir de cursar esa carrera, o peor aún, de realizar estudios universitarios.
Se trata de la posibilidad de ir ajustando el tamaño de las “unidades académicas semi-autónomas” de acuerdo a la cantidad de alumnos que se inscriben cada inicio de actividades. A continuación les muestro un par ejemplos extremos que nos permitirán ilustrar mejor lo que quiero decir.
Supongamos que una Universidad está en la opción de abrir un nuevo servicio educativo (una nueva carrera), digamos una ingeniería. Ello sería posible en tanto, dicha institución, contara con, al menos, un excelente prospecto para maestro en esa área de estudio. Supongamos ahora que, en un caso muy extremo, sólo cinco personas están interesadas en cursar ese tipo de disciplina. Lo normal en el presente es que se desista de abrir ese servicio (los costos de operación del mismo serían demasiado elevados). Pero, para el modelo que estoy adelantando, ello no sería necesariamente así.
Lo que ocurriría es que, esos cinco aspirantes, serían aceptados para trabajar con el único maestro que por el momento formaría parte de esa “unidad académica semi-autónoma”. Ese maestro tendría que hacerse cargo de la formación integral de sus alumnos durante el primer año (con excepción del aprendizaje de idiomas, que serían enseñados por los expertos en cada lengua, y de algún otro conocimiento de carácter meramente instrumental como, por ejemplo, de informática). El trabajo que ese maestro con sus alumnos realizara durante ese año, además de representar un gran aprendizaje para ellos (y de generar lazos humanos muy estrechos), debería de verse reflejado en ciertos resultados publicables en revistas científicas indexadas de la especialidad, por ejemplo. Tales publicaciones no sólo servirían para certificar y respaldar el trabajo que ese maestro realiza con sus alumnos; sino que, además, contribuiría para tratar de atraer una mayor cantidad de alumnos para el siguiente periodo de inscripciones.
Supongamos que, el siguiente año, hay otros cinco alumnos que desean cursar esa carrera. La “unidad académica semi-autónoma” contaría ahora, además de con el maestro director de la unidad (el maestro que en origen abrió el servicio educativo), con un nuevo maestro-aprendiz que compartiría con el primero, las responsabilidades propias de la “unidad académica semi-autónoma”.
Ahora bien, supongamos que esa demanda de cinco alumnos nuevos por año se mantiene. Y que la carrera fuera diseñada para concluirse en cuatro años. Ello nos llevaría a que el servicio educativo tuviera en total 20 alumnos al año, y que la “unidad académica semi-autónoma” contara con 4 miembros. Un director y tres maestros-aprendices; responsables todos ellos de la formación integral de los alumnos. Responsables, también, de aportar con sus investigaciones al bienestar general. Y responsables, por último y no menos importante, de la carga administrativa que la universidad les asignara. Todo ello, como hemos venido insistiendo, con el compromiso de buscar los más altos niveles de excelencia.
En un ejemplo como el anterior tendríamos, al paso de 4 años, un grupo de investigación (unidad académica semi-autónoma) con 4 miembros permanentes, y alrededor de 20 miembros temporales. Habría que considerar, claro está, la deserción que, de cualquier manera, no sería la misma por la cercanía de la atención que recibirían los alumnos. Sin embargo, lo importante es que se mantendría abierto el servicio educativo a través de la unidad académica semi-autónoma. De ésta, sólo se esperaría que sus resultados, en los distintos niveles en que debería contribuir con la excelencia y el prestigio de la universidad, se dieran de manera permanente. Veamos el otro ejemplo.
Pensemos ahora en un servicio educativo que cuenta con 20 alumnos nuevos por año. ¿Se requerirían de cuatro profesores por año, es decir, de diez y seis maestros que conformaran la “unidad académica semi-autónoma”? No. En tal caso sólo se requerirían de nueve maestros, uno que se desempeñaría como director de la “unidad académica” y ocho que lo harían como maestros-aprendices. La razón es la siguiente:
En el primer ejemplo, cada cinco alumnos significaban un nuevo maestro porque cada grupo nuevo debe tener al menos un maestro responsable. No obstante, lo ideal es que se cuente con un profesor por cada diez alumnos[1]. Y un director que lidere la totalidad del trabajo que se realice dentro de la “unidad académica semi-autónoma”.
Pero, lo importante no sería tanto el tamaño de las “unidades académicas semi-autónomas”; sino, la capacidad de realizar su labor académica con excelencia, elevando con ello el prestigio de la institución y, por tanto, su capacidad para atraer alumnos. En una situación ideal, uno puede imaginar una casa de estudios que cuenta con un número importante de grupos de investigación que se encuentran realizando actividades de alto impacto social. Grupos de investigación que, además, mantienen un alto nivel de excelencia en sus investigaciones, publicaciones y actividades docentes. Grupos de investigación en los que los alumnos se formarían verdaderamente de manera integral. Y, finalmente, grupos de investigación que significarían altas posibilidades de generación de recursos para la universidad, a bajos costos.
Esto último es muy importante. Ya hemos dicho que muchas de las universidades del presente sienten temor por los costos que representa la investigación. Por esa y por otras razones, se han olvidado que una universidad que se digne en ser llamada así, debe realizar tres funciones básicas: investigación, docencia y difusión (extensión).
Lo paradójico del caso es que, como hemos insistido desde la primera entrada de este blog, al negarse a investigar y al concentrar su atención exclusivamente en la docencia, dejan de lado la parte más importante del “negocio universitario”. Y es que, cuando la actividad investigativa se lleva con la excelencia debida, puede y debe ser la mayor fuente de ingresos económicos para una universidad.
En el presente, muchas de nuestras casas de estudio se preocupan por ganarle los alumnos a la competencia. Pero, no se trata de ganar a los mejores alumnos, sino a aquellos que pagan mejor. Y es que, según dicen algunos de los administradores de estas casas de estudio, y de manera muy lamentable algunos Rectores de las mismas, cada colegiatura cuenta.
Pues bien, para el modelo que estoy presentando el “pleito” sería por atraer a los alumnos con el mejor potencial en virtudes para una práctica; ello sin importar su situación económica; pues, si se lleva al cabo con excelencia la actividad investigativa propia de esa práctica, no necesitaría de la colegiatura del alumno brillante, sino de su aportación a la búsqueda de la verdad y con ello del bien común.
En la siguiente entrada comenzaremos a ver algunos de los lineamientos generales más importantes que implicaría esta propuesta para las universidades privadas. Hasta entonces, muchas gracias.
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[1] Recuerde que sólo estamos ejemplificando, la realidad es que cada Universidad debe decidir sobre el tamaño ideal de sus “unidades académicas semi-autónomas”.
[1] Recuerde que sólo estamos ejemplificando, la realidad es que cada Universidad debe decidir sobre el tamaño ideal de sus “unidades académicas semi-autónomas”.
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