Les recuerdo que este blog está siendo dedicado a reflexionar sobre lo que las universidades privadas en América Latina deberían hacer, si desean cumplir dignamente con su papel social en esta primera parte del siglo XXI. Hasta ahora, dos grandes ideas han sido desplegadas. La primera, la de convertir a la investigación como fuente principal de financiamiento (dejando de lado el afán de matricular a diestra y siniestra alumnos, ante la evidente decadencia que esto ha traído consigo); y la segunda, la de organizarse en un modelo inspirado en la noción de "práctica" aportada por MacIntyre, en un intento por escapar de la mediocridad en la que la inmensa mayoría está sumida.
En las últimas entradas, he estado reflexionando en torno a la manera en que estas dos grandes ideas pueden compenetrarse. Así, apareció la necesidad de que el abismo entre el personal académico y el administrativo, sea reducido. Ello es particularmente importante porque, como dije la entrada previa, existe una tendencia dominante en el presente, a reducir los recursos académicos cada vez que hay una "crisis" en una institución. Lo que repercute necesariamente en los niveles de excelencia académicos. Lo dicho en la entrada anterior, puede ser interpretado como una crítica dura en contra de quienes actualmente ocupan puestos administrativos en nuestras universidades. Sin embargo, también lo es para quienes de una u otra manera estamos en las áreas académicas.
En efecto, la mayoría de quienes nos desempeñamos en la academia, terminamos generalmente, asumiendo una postura que, lejos de contribuir a superar el conflicto organizacional mencionado, lo acrecienta. Nos dedicamos a protestar y a inconformarnos con ciertas medidas, pero rara vez nuestras “críticas” (que la mayoría de las veces lo son en el sentido más peyorativo de la palabra) van acompañadas de propuestas claras y pertinentes. Ello porque, al igual que lo que ocurre con el personal administrativo, quienes formamos parte del personal académico desconocemos y despreciamos, por lo mismo, el trabajo administrativo.
Existe, por tanto y como he venido diciendo, la imperiosa necesidad de reducir el abismo existente entre la administración y la academia. Y la manera en que nosotros propongo que esto debe hacerse es diseñando un modelo que obligue a los grupos reducidos de docentes (los maestros que se encargarían de la formación integral de los alumnos de cada área), a absorber parte o la totalidad de la carga administrativa que genera cada servicio educativo ofrecido por una universidad.
En efecto, la mayoría de quienes nos desempeñamos en la academia, terminamos generalmente, asumiendo una postura que, lejos de contribuir a superar el conflicto organizacional mencionado, lo acrecienta. Nos dedicamos a protestar y a inconformarnos con ciertas medidas, pero rara vez nuestras “críticas” (que la mayoría de las veces lo son en el sentido más peyorativo de la palabra) van acompañadas de propuestas claras y pertinentes. Ello porque, al igual que lo que ocurre con el personal administrativo, quienes formamos parte del personal académico desconocemos y despreciamos, por lo mismo, el trabajo administrativo.
Existe, por tanto y como he venido diciendo, la imperiosa necesidad de reducir el abismo existente entre la administración y la academia. Y la manera en que nosotros propongo que esto debe hacerse es diseñando un modelo que obligue a los grupos reducidos de docentes (los maestros que se encargarían de la formación integral de los alumnos de cada área), a absorber parte o la totalidad de la carga administrativa que genera cada servicio educativo ofrecido por una universidad.
En efecto, dado que los maestros saben que encabezan una actividad que pretende ser práctica, y dado que saben que la universidad es el espacio que le ha ofrecido a esa actividad la posibilidad de llegar a convertirse en una práctica auténtica; los maestros de todas y cada una de las prácticas deben comprender que el máximo bien común es la universidad. Y, por tanto, deben cuidar de la misma contribuyendo con su manejo. ¿Cómo sería esto posible?
En la actualidad la mayoría de los modelos universitarios consisten en estructuras verticales en las que, la parte académico-operativa, es decir, la docencia, va generando una serie de cargas administrativas, tales como, controles de puntualidad y asistencia, registro y control de notas académicas, apoyo de materiales didácticos, pago de honorarios a los docentes, supervisiones, etcétera, que justifican la creación y mantenimiento de distintos puestos de trabajo cuya participación en la actividad académica es nula o, si acaso, muy ocasional.
Mi propuesta pretende, entre otras cosas, generar un modelo de estructura horizontal en el que la mayor parte de la carga administrativa, generada por la actividad académica, sea absorbida por el grupo de docentes responsable de cada área de estudios. Se trata de generar “unidades académicas semi-autónomas” que teniendo como actividad fundamental la generación y trasmisión de conocimiento para la búsqueda del bien común, tengan también la responsabilidad de manejar con excelencia la carga administrativa que generen. De tal manera que la universidad vea aliviada parte de sus exigencias como institución que le obligan a contar con un excedente de personal y, sobre todo, que se disminuya el conflicto entre el personal académico y administrativo.
Así, las “unidades académicas semi-autónomas” deberían dividir su tiempo de la siguiente manera: un cincuenta por ciento de las horas disponibles para la docencia (a través de la investigación). Un veinticinco por ciento para actividades de planeación y soporte académico (diseño de proyectos de investigación, planeación de las clases, diseño de modelos de evaluación de los alumnos, etcétera) y el veinticinco por ciento restante para el cumplimiento de la carga administrativa asignada.
La “semi-autonomía” de las unidades académicas, les permitiría decidir sobre la manera en que distribuirían su tiempo, de tal manera que pudieran cumplir con excelencia las tareas que tuvieran bajo su cargo. Ahora bien, ¿de qué tamaño serían esas “unidades académicas semi-autónomas”? A responder ese cuestionamiento dedicaré la próxima entrada.
Mi propuesta pretende, entre otras cosas, generar un modelo de estructura horizontal en el que la mayor parte de la carga administrativa, generada por la actividad académica, sea absorbida por el grupo de docentes responsable de cada área de estudios. Se trata de generar “unidades académicas semi-autónomas” que teniendo como actividad fundamental la generación y trasmisión de conocimiento para la búsqueda del bien común, tengan también la responsabilidad de manejar con excelencia la carga administrativa que generen. De tal manera que la universidad vea aliviada parte de sus exigencias como institución que le obligan a contar con un excedente de personal y, sobre todo, que se disminuya el conflicto entre el personal académico y administrativo.
Así, las “unidades académicas semi-autónomas” deberían dividir su tiempo de la siguiente manera: un cincuenta por ciento de las horas disponibles para la docencia (a través de la investigación). Un veinticinco por ciento para actividades de planeación y soporte académico (diseño de proyectos de investigación, planeación de las clases, diseño de modelos de evaluación de los alumnos, etcétera) y el veinticinco por ciento restante para el cumplimiento de la carga administrativa asignada.
La “semi-autonomía” de las unidades académicas, les permitiría decidir sobre la manera en que distribuirían su tiempo, de tal manera que pudieran cumplir con excelencia las tareas que tuvieran bajo su cargo. Ahora bien, ¿de qué tamaño serían esas “unidades académicas semi-autónomas”? A responder ese cuestionamiento dedicaré la próxima entrada.
Hasta entonces y, los espero en "el otro blog"
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