Las universidades privadas en América Latina, deben cumplir con su responsabilidad social. Comerciar con la educación, no es únicamente faltar a tal responsabililidad, es actuar directamente en contra de ella. Por eso, en este blog se ha expuesto una posible manera de organizar la universidad, inspirada en el concepto de "práctica" de MacIntyre, en la que el centro es la investigación. El modelo en cuestión, ha devenido en la propuesta de creación de "unidades académicas semi-autónomas". La entrada pasada, trataba de mostrar algunos lineamientos para controlar los procesos de dichas unidades. Ahora, en la presente entrada, expondré algunas breves ideas con respecto a su funcionamiento propiamente académico.
Más allá de los posibles controles que sean necesarios para intentar garantizar la excelencia académica, se tiene que pensar en el tipo de ambiente que debería propiciarse al interior de la universidad, en tanto ésta se comprenda como un espacio para la realización de actividades que pretenden ser prácticas. Vamos a llamar este tipo de ambiente académico universitario como: “ambiente de competencia”. Importante es aclarar, sin embargo, que no se trata de una competencia en la que lo importante es ganar a toda costa. Sino que, más bien, se trata de una competencia en la que, las virtudes y la excelencia, son siempre las ganadoras.
Dicha competencia se daría en dos niveles, uno interno, y el otro externo. Veamos el primero. El nivel interno se refiere a la competencia que debe haber entre los distintos miembros de una actividad con pretensiones de práctica, por alcanzar el máximo de virtuosismo personal y de excelencia en los bienes que se generan. En una primera aproximación, este virtuosismo y excelencia se mediría, en el caso de los aprendices, a través de las notas académicas. Este punto nos permite aclarar alguna duda que pudiera haber en este respecto.
Es probable que algún lector avezado haya sentido algún recelo acerca de la idea de que uno o unos pocos profesores, al responsabilizarse de la formación integral de sus alumnos, coloquen la totalidad de las notas que de vayan generando a lo largo de su proceso educativo. Esto es cierto, sobre todo para aquellos que sin entender bien a bien el sistema, tienen que emitir un juicio externo sobre el desempeño de la universidad. Por esa razón, y por intentar garantizar un clima en donde la justicia referente a la competencia interna sea incuestionable; lo deseable es que las notas finales las coloque un jurado en el que haya, al menos, un miembro externo a esa práctica particular. De esa manera las notas podrían ser ese primer parámetro de competencia interna.
Un segundo parámetro lo daría, por ejemplo, la cantidad y calidad de participación de los miembros de cada actividad con pretensiones de práctica, en las actividades curriculares, co-curriculares y extra-curriculares. Tal participación podría ir desde la mera asistencia participativa a eventos como conferencias o mesas de debate, en los miembros menos avanzados; hasta la presentación pública de trabajos, la publicación de artículos y la participación en congresos de la especialidad, por parte de aquellos miembros más aventajados. Si el proceso de formación está siendo el adecuado, se esperaría que los alumnos que van destacando iniciaran a publicar en revistas científicas, en conjunto con sus profesores, aún estando en etapas relativamente tempranas de formación. También deberían ser capaces de dar cuenta pública de sus avances, dándose a conocer en su comunidad y más allá de ella.
Finalmente, un tercer parámetro de esta competencia interna podría estar dado por el nivel de compromiso y ayuda para con los demás miembros de la práctica. Se esperaría que los alumnos más aventajados se involucren por muto propio en la formación de aquellos que se inician. Esa ayuda debería ser, tanto de las virtudes intelectuales, como, y quizás aquí más importante, en las virtudes de carácter. Esta actitud solidaria permitiría, además, contribuir a mantener la cohesión entre los distintos miembros de la práctica, generando una unidad sólida que apoyaría al propósito de “cero deserción”.
En el nivel exterior de la competencia, ésta se daría entre todas las actividades con pretensión de práctica que hubiese dentro de la universidad. Los parámetros para la misma serían similares a los que se plantearon para el nivel interno, aunque aquí las notas no deberían influir tanto. Sobre todo, porque el tamaño de la muestra hace que los promedios puedan ser muy engañosos; haciendo que grupos con pocos miembros vean altamente afectados sus promedios generales con cada nota individual y, por el contrario, en grupos de gran tamaño el promedio se altere menos.
En donde sí se debería marcar más la competencia entre prácticas, sería con la cantidad y calidad de publicaciones y otras evidencias de influencia del grupo académico en su área de estudio. Aquellas actividades con pretensión de ser práctica que lograran, por ejemplo, publicar artículos en revistas de circulación internacional, serían aquellas que deberían ser reconocidas como las mejores dentro de la Universidad.
En ese sentido, la Universidad, en tanto espacio para las actividades que aspiran a ser prácticas, debería mantener diversas formas de reconocimiento a la excelsitud y al virtuosismo. De tal manera que se motivara la participación y la búsqueda de la excelencia de todos los miembros de la Universidad. Tal vez, el mejor modo de hacerlo sería a través de la difusión pública, a la comunidad, de los logros de sus unidades académicas y de sus miembros. Reconocimiento que, además, contribuiría con la promoción y el enriquecimiento cultural de la sociedad; lo cual es una de las misiones de mayor trascendencia de una universidad.
En la siguiente entrada, haré algunas reflexiones en torno a la administración del personal en este modelo de universidad que estoy adelantando. Hasta entonces, muchas gracias.
Los espero, como siempre, en "El otro blog"
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