miércoles, 13 de mayo de 2009

El papel del Rector en una universidad privada

Con el trasfondo del modelo que he venido planteando a lo largo de todas las entradas pasadas, comenzaré, a partir del día de hoy, a plantear algunas críticas con respecto a ciertas formas que se han venido encarnando en nuestras universidades, y que son dañinas para las mismas. La primera, a la que me dedicaré el día de hoy, refiere a la figura del Rector.
En estrecha vinculación con la concepción mercantilista de la educación, que domina en la inmensa mayoría de nuestra universidades particulares (y que tristemente, también, ya alcanza a muchas de las universidades públicas), está la idea de ver al Rector como el "gerente" o "director general" de las casas de estudio.
El concepto de "Rector" es históricamente muy anterior al de "gerente"; hay al menos 5 siglos de distancia entre la aparición de uno y otro. Y la aparición de las palabras no es obra de la casualidad. Cada palabra nace en un contexto histórico-cultural definido, que le brinda su sentido originario. Y, aunque es cierto que cambian esos sentidos en la medida en que los contextos devienen en nuevos contextos, hay algo del sentido originario que se preserva en la palabra. Regir (que es la función del Rector), es gobernar: guiar y dirigir los destinos de algo. Aunque en la idea de gerencia, también hay algo de guiar y dirigir, la diferencia es que el destino de lo que el gerente dirige ya está marcado de antemano: la eficiencia; es decir, el máximo de resultados monetarios posibles. Pero, los rectores, no deberían buscar eso.
Las universidades no fueron creadas para ganar dinero. Que con el pasar del tiempo, lastimosamente, se haya establecido la universidad-negocio, es otra cosa. No obstante, aún desde esa perspectiva mercantilista, debería hacerse un esfuerzo de preservar la figura del Rector como tal. Y es que una cosa es aceptar que, efectivamente, puede tener cierta validez la creencia en el negocio universitario como tal; y otra muy distinta, es suponer ingenuamente que cualquier buen administrador, o peor aún, político, puede hacerse cargo de los destinos de una casa de estudios.
Ya he señalado, en una de las primeras entradas de este blog, lo terrible que es llevar a un mediocre al cargo rectoral. Si usted conoce una universidad que se encuentre en crisis, tiene que estar seguro que en gran medida, ésta se deberá a la mediocridad de sus autoridades rectorales. El punto es, entonces, que el éxito de una universidad, aún si inadecuadamente las pensamos como meros negocios, depende en gran medida de la figura del Rector. Por ello, los requisitos para llegar a ese cargo deberían ser los más elevados. Yo señalaría dos que me parecen de vital importancia.
El primero, debe tratarse de un auténtico académico. Y por esto me refiero, por una parte, a que debe poseer un grado de Doctor por una universidad y un programa de prestigio (hoy en día hay cada basura que se hace llamar "doctorado"); y por la otra y más importante aún, debe mostrar con evidencia palpable, su ejercicio como tal. Es increíble que en muchas de nuestras universidades sus rectores jamás han hecho investigación auténtica; menos aún, han publicado en revistas de divulgación científica, arbitradas e indexadas.
El segundo requisito, quien vaya a ser Rector de una casa de estudios debe mostrar, también con evidencia clara, que conoce el ser y el deber ser de una universidad. Rectores que llegan "a ver cómo le van a hacer", no sirven. Rectores que creen que traen "ideas novedosas" porque se les ocurren "nuevos servicios educativos"; son un desperdicio y deben ir a parar en donde el resto de los desperdicios. Las universidades latinoamericanas del presente, necesitan verdaderos rectores. No remedos de lo mismo.
Finalmente, pienso en un tercer requisito, no tan vital, pero sí fundamental. Los auténticos rectores del presente, deberán dejar de lado su papel de "reyesuelos"; alejando de ellos cualquier tentación de crear en su entorno a un séquito de alagadores. Por el contrario, su equipo cercano debe ser muy crítico; muy cebero con su actuar. Pues, hace más daño el que sistemáticamente dice: "sí señor Rector, como usted mande". Que el que, con argumentos en la mano, dice "No, perdóneme, pero está equivocado".
Hasta aquí la reflexión de hoy. La siguiente entrada seguiré reflexionando en torno a las formas negativas que dominan nuestras universidades en el presente.
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Hasta la próxima.

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