miércoles, 20 de mayo de 2009

El control de asistencia de los docentes

La entrada anterior afirmaba que me parecía desatinado, a la luz de lo que se ha expuesto a lo largo de ya 25 entradas en este blog, intentar controlar la puntualidad y asistencia de los docentes mediante un sistema de registro computarizado; menos aún, cuando éste se crea con el supuesto afán de disminuir los costos en los que incurre una institución de educación superior privada. Sin embargo, hay una serie de discursos que intentan enmascarar esa intención. El más común - y detestable - es aquel que apela a la "calidad en el servicio".
Dicen, quienes defienden ese discurso, que si un alumno (patéticamente considerado como mero "cliente") paga por una cantidad fija de tiempo/clase, digamos, dos horas, es exactamente el tiempo que debe recibir. Por tanto, se hace necesario encontrar los mecanismos para forzar al docente a permanecer ese tiempo en el aula. Lo que ignoran quienes tienen esa postura, es que el la duración de la sesión no es un parámetro que los estudiantes de ningún nivel suelen tener para calificar si el servicio educativo que están recibiendo es bueno o malo. Una sesión puede durar o no el tiempo previsto, superarlo o quedarse corto, y aún así puede ser catalogada como una excelente cátedra o una pésima; pues ello, insisto, no depende del tiempo.
Es un poco cercano a una película. Rara vez - de hecho creo que nunca - alguien sale del cine diciendo: "me encantó esta película porque duró exactamente dos horas, lo cual se corresponde al dinero que pagué en la taquilla por verla". No, para valorar lo bueno o malo de una película hay muchos otros factores. Y lo mismo ocurre para las clases recibidas. Así es que el tiempo de duración es sólo un parámetro de referencia. Y jamás debería ser considerado una exigencia; como sí lo deberían ser, por ejemplo, la capacidad del docente para involucrar a sus alumnos en los procesos de aprendizaje; su conocimiento amplio y profundo sobre su "práctica" (en el sentido MacInteriano de la palabra, que hemos venido utilizando en este blog); su capacidad para desarrollar en sus alumnos las virtudes propias de la misma; y un largo etcétera.
Pero, hay algo más, que los administradores en general, pero en particular aquellos que dirigen universidades deberían tener en mente: la confianza. Es imposible el éxito de una gestión basada en la desconfianza; y todos esos "candados" que ahora se generan supuestamente para "modernizar los sistemas de control", no son más que síntomas de desconfianza. El asunto parece sencillo: confías es que tu maestro va a encarar su responsabilidad de la mejor manera posible; contrátalo. No confías en que va a ser así; no lo contrates y busca otro en el que sí confías. ¡No confías en ninguno! Entonces dedícate a otra cosa que no sea administrar una universidad. Porque la gestión universitaria requiere de líderes académicos que entreguen su absoluta confianza a sus pares.
Pero, precisamente es allí en donde radica el problema. Porque, como he venido diciendo, no se puede confiar en aquello que no se conoce. El hecho de que muchas de nuestras universidades privadas en América Latina no estén dirigidas por auténticos académicos, por gente que conozca a fondo el quehacer académico y que pueda comprender qué es lo que ocurre en ese mundo, es lo que genera la desconfianza que, a la larga, se transforma en un exceso de controles que, degenera por necesidad, en un incremento de la burocracia institucional. De ahí la importancia, nuevamente, de que el Rector y los principales dirigentes de una institución universitaria, sean auténticos académicos; con gran recorrido en investigación, docencia y difusión de su trabajo científico.
Sin embargo, en muchas de nuestras universidades privadas en América Latina; no sólo hay desconfianza sino que hay un profundo desprecio por la actividad docente. Por eso, se les da a los maestros trato de "albañil" - con todo el respeto que me merecen quienes se dedican a la labor de la construcción. Porque se considera que "cualquiera" puede dar "cualquier" clase o materia. Porque se piensa que los docentes son profesionales mediocres que, al no conseguir trabajos "de verdad" (como me lo dijo alguna vez un alumno), se tienen que ganar la vida dando "clasecitas". ¡Qué lamentable es cuando un Rector piensa así de sus profesores!
Pues bien, hasta aquí el tema de hoy. En la próxima entrada hablaré de lo incompatible de la idea de "reducir costos al máximo", con el modelo de universidad que aquí he venido planteando. Hasta la pronto.

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