Este blog está dedicado a reflexionar en torno al deber ser de las universidades latinoamericanas, cuyo financiamiento proviene de particulares. A lo largo de las entradas que han sido publicadas, he venido planteando un modelo desde el cual sea posible emitir un juicio sobre las actuales maneras de conducir a esas casas de estudios superiores en nuestra región. Dicho modelo, para quien no haya leído las entradas previas, está basado en dos ideas principales. La primera, que la investigación se convierta en la principal fuente de financiamiento de esas instituciones. La segunda, que, para lograrlo, se adopte la figura socio-laboral de "práctica" propuesta por MacIntyre.
Esta entrada, tal como lo han sido las dos previas, está dedicada ya, a realizar una crítica formal a determinadas actividades que se han vuelto comunes en nuestras universidades privadas. Obviamente, la validez de esas críticas es dependiente de la validez del modelo propuesto. Así, si alguien no comparte la perspectiva que plantea el modelo, difícilmente comprenderá el sentido de la crítica y la desdeñará, o quizás hasta la considerará absurda y continuará pensando que la actual manera en la que se hacen las cosas en su universidad, es la conveniente. Esa es la razón por la que expuse con lujo de detalle el modelo propuesto; para que las críticas que aquí son planteadas, no aparezcan, meramente, como opiniones de quien escribe. Sino, como consecuencias lógicas, necesarias, del modelo que se defiende.
Así llego el día de hoy a plantear una crítica a la manera en que suelen, cada vez con mayor frecuencia, administrarse las instituciones de educación superior, privadas o particulares, en América Latina. Ya he dicho anteriormente que las universidades no se crearon para ser administradas. Y, sin embargo, una cierta administración de sus recursos debe ser realizada; aún en el caso de que éstas adopten el modelo que aquí he propuesto. No obstante, quien se responsabilice de la gestión de esas instituciones debe tener muy en claro que administrar no es meramente controlar - y esto trasciende el modelo aquí expuesto, y alcanza cualquier modelo pensado para una universidad.
El control es sólo una parte del proceso administrativo y ni siquiera es la más importante de las partes de dicho proceso. Su función radica en que nos ayuda a recabar información sobre el comportamiento de la institución para tomar decisiones que acerquen dicho comportamiento al ideal. Pero, por desgracia, en muchas instituciones de educación superior, el control se ha convertido en la actividad central. Particularmente, en aquellas instituciones que sueñan con abatir sus costos. Lo curioso del caso, es que, intentando hacerlo, terminan elevando sus costos aún más.
Voy a poner un ejemplo que, me parece, explica con claridad aquello a lo que me estoy refiriendo. Resulta que, en algunas universidades, han establecido un sistema computacional para controlar los horarios de entrada y salida de su personal; en especial, de aquel que cobra por hora (los docentes invitados). La idea es, pagar exactamente lo que se trabajó. De tal manera que si un grupo de docentes falló a sus horarios, no se les pagan sus honorarios, al menos de que "repongan el tiempo" - esa frase me resulta espeluznante y, ¡con cuanta frecuencia se utiliza!
Además de resultar desatinado ese control, como mostraré en la siguiente entrada, oculta un costo nuevo que la universidad tiene que asumir: el pago de un departamento de informática que mantenga el sistema de control. Efectivamente, la burocracia crece en las instituciones que confunden administrar con controlar. Porque, se crea la tendencia de poner "policías" para los "policías". Y ello, en nada contribuye a fomentar la excelencia académica de una institución. Por el contrario, la deteriora, porque convierte lo adjetivo en sustantivo.
Quizás, la raíz del problema esté en el hecho del desconocimiento que muchos administradores de universidades tienen sobre la auténtica vida académica. Tras la ignorancia viene la incertidumbre y tras ésta, la necesidad de "meter al aro" a los demás, para que lo que ocurre no "se escape de las manos". De ahí, en parte, la importancia de que el Rector y otras autoridades universitarias, sean auténticos académicos. De lo contrario, sus controles aspirarán a controlar "generalidades" que no necesariamente aplican al mundo de lo universitario.
Hasta aquí esta entrada. En la que sigue, como ya mencioné, profundizaré en mi señalamiento sobre lo poco atinado que es el control de los horarios de los docentes. Los espero.
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