La entrada pasada, propuse, de la mano de Fuenmayor (Entre la mediocridad institucional y el dominio imperial de lo instrumental. En Briseño et al, 2002. “Pensar la Universidad”. Editorial Panapo. Venezuela), tomar la noción MacInteriana de práctica como referente para la construcción de un modelo universitario; y realicé algunas reflexiones en torno a dicho concepto. Ahora, en esta entrada, hablaré de un par de implicaciones que tendría el adoptar un modelo así. La primera tiene que ver con la necesidad de reconstituir a los maestros y a los alumnos como tales. La segunda tiene que ver con la necesidad de crear planes y programas de estudio destinados a desarrollar, por igual, virtudes de carácter e intelectuales. Atendamos la primera.
Una de las manifestaciones más claras de la crisis epocal que atraviesan las universidades y la cultura occidental en general, es el deterioro profundo que la figura del maestro ha sufrido en nuestras sociedades. Y ello ocurre en prácticamente todos los niveles educativos y desde prácticamente cualquier perspectiva desde la que pueda ser contemplada la docencia. Aunque, es necesario decirlo, es en la inmensa mayoría de las instituciones universitarias de carácter privado, en donde se presenta esto con mayores niveles de alarma.
Y es que no sólo se trata de que la sociedad en general, y los alumnos en particular, hayan visto dramáticamente empobrecido el sentido que tiene la docencia para una comunidad. Se trata, incluso, del docente mismo; quien se asume como una “pieza más del engranaje”, un "obrero", un "vendedor" más de la mercancía llamada "educación", despreciando con ello a su persona y a su profesión. ¿Qué ha hecho posible la pérdida de riqueza del sentido de la función docente? Precisamente la desaparición de las prácticas en nuestra cultura.
En efecto, tal como lo hemos mostrado en otro lugar (Cabrera-Crespo, 2005, Il Senso delle Practiche e la relazione maestro-apprendista oggi. En “La Svolta Practica in Filosofia Vol. 2 Dalla filosofia practica alla practica filosofica”. Discipline Filosofiche. XV I. Quodlibet. Italia.), una de las condiciones fundamentales para la pérdida de trascendencia de la figura del maestro (y la del alumno o aprendiz) radica en la desaparición de prácticas auténticas en nuestras sociedades occidentales. Ello aparece como una consecuencia de la pérdida del afán por alcanzar la excelencia en los bienes que se producen - dando paso a un afán cada vez más mercantilista -, pues deja de ser necesario el virtuosismo que haga posible apreciar el bien y las virtudes necesarias para alcanzar dicho estado de excelencia. Por tanto, los maestros se hacen poco útiles.
En todo caso, en el presente, los maestros parecen sólo tener el papel de proveedores de cierta información, compitiendo con otras fuentes de información igualmente útiles. Y por tanto, son considerados (y ellos se consideran a sí mismos de esa forma) como un recurso más, y no como aquel que es capaz de guiar a sus alumnos en el camino hacia la excelencia. Así pues, cualquiera que sea el modelo que se adopte para salir de la crisis universitaria y educativa que en todos los niveles de formación nos aqueja, tiene que buscar los caminos para restituir al maestro en su lugar de maestro: de auténtico maestro (en consecuencia, también los alumnos deberían asumir su papel auténtico de alumnos).
Es sumamente importante aclarar aquí, que no se trata de restituir la figura totalitaria y tiránica que llegó a ser, en algunas ocasiones, el maestro. En una práctica auténtica, guiada por un virtuoso auténtico, el maestro sabe que él siempre seguirá siendo un aprendiz de otros más virtuosos. El hecho de que pueda apreciar mejor el bien y los patrones de excelencia vinculados a éste, lo deben también hacer poder apreciar las deficiencias en su desarrollo y la necesidad de continuar cultivando y ejercitando las virtudes. El maestro debe ser el máximo ejemplo para sus alumnos del afán por aprender, por ser cada día mejor, por servir de una mejor manera a los demás.
El maestro, particularmente el maestro universitario, debe asumirse como un ejemplo de vida; como aquel que ha sido destinado para encaminar a sus alumnos hacia la persecución del bienestar general, a través de los bienes particulares que genere la práctica universitaria. Se trata, por tanto, de que el maestro pueda ofrecer a sus aprendices una educación verdaderamente integral. En una entrada futura, ahondaré más en este punto. Por lo pronto baste con señalar que, bajo los modelos universitarios dominantes, establecidos bajo la idea de la “experticie”, es muy común encontrarnos que los maestros sólo se dedican a enseñar la materia de su especialidad, ignorando en muchas ocasiones cómo es que ésta se relaciona con la totalidad de la profesión de que se trate. Peor aún, manifestando un profundo desprecio (y fomentando con ello una visión distorsionada y reduccionista en los alumnos) por aquellas que no son su materia.
Se debe romper con ese vicio (desde cualquier modelo universitario que sea propuesto); empujando a los maestros a involucrarse profundamente con la totalidad de la formación, intelectual y de carácter, de sus estudiantes. Ello les permitirá, además, convertirse en ese ejemplo de vida que, insistimos, debe ser cada maestro para con sus alumnos.
Hablando de estos últimos, decía párrafos atrás que los alumnos, también deben asumirse como tales. Ello, aunque pueda parecer sorprendente, no es tan fácil. Por años, nuestros jóvenes han sido “educados” para ver la relación maestro-alumno como una relación más entre cliente y proveedor, en la que “el que paga, manda” - es tan lamentable ver cómo ciertas autoridades rectoras de nuestras instituciones universitarias privadas, se llenan la boca con afirmaciones tipo: "los estudiantes son nuestros clientes, hay que darles lo que ellos piden". ¡Mentira! Los estudiantes son eso, estudiantes, y no todo lo que piden es lo que necesitan; de hecho, mucho de lo que realmente necesitan no pueden apreciarlo en etapas tempranas de su formación -. Romper, pues con ese esquema, es una tarea que implica un gran esfuerzo por parte de todos los involucrados en la educación.
No obstante, facilitaría mucho las cosas si, como hemos venido insistiendo, los maestros se constituyen en verdaderos ejemplos de vida. Seguramente que algunas de las virtudes que requerirán las prácticas universitarias en el presente, serán las de liderazgo; uno, obviamente, basado en una autoridad moral y de conocimiento incuestionable. El maestro deberá mostrar con cada una de sus acciones, que merece ser seguido por sus estudiantes.
Así las cosas, la mayor muestra de que el maestro y los aprendices han retomado su lugar, se dará cuando los alumnos vivan con la certeza de que sus maestros los están encaminando por el mejor de los rumbos y puedan entonces confiar en ellos y entregarse de manera comprometida a sus enseñanzas y a los aprendizajes que juntos logren realizar. En ese mismo sentido del maestro como ejemplo de virtuosismo, puedo atender ahora la segunda implicación que tiene el pensar en un modelo universitario basado en la noción de "práctica" ofrecida por MacIntyre.
Una de las manifestaciones más claras de la crisis epocal que atraviesan las universidades y la cultura occidental en general, es el deterioro profundo que la figura del maestro ha sufrido en nuestras sociedades. Y ello ocurre en prácticamente todos los niveles educativos y desde prácticamente cualquier perspectiva desde la que pueda ser contemplada la docencia. Aunque, es necesario decirlo, es en la inmensa mayoría de las instituciones universitarias de carácter privado, en donde se presenta esto con mayores niveles de alarma.
Y es que no sólo se trata de que la sociedad en general, y los alumnos en particular, hayan visto dramáticamente empobrecido el sentido que tiene la docencia para una comunidad. Se trata, incluso, del docente mismo; quien se asume como una “pieza más del engranaje”, un "obrero", un "vendedor" más de la mercancía llamada "educación", despreciando con ello a su persona y a su profesión. ¿Qué ha hecho posible la pérdida de riqueza del sentido de la función docente? Precisamente la desaparición de las prácticas en nuestra cultura.
En efecto, tal como lo hemos mostrado en otro lugar (Cabrera-Crespo, 2005, Il Senso delle Practiche e la relazione maestro-apprendista oggi. En “La Svolta Practica in Filosofia Vol. 2 Dalla filosofia practica alla practica filosofica”. Discipline Filosofiche. XV I. Quodlibet. Italia.), una de las condiciones fundamentales para la pérdida de trascendencia de la figura del maestro (y la del alumno o aprendiz) radica en la desaparición de prácticas auténticas en nuestras sociedades occidentales. Ello aparece como una consecuencia de la pérdida del afán por alcanzar la excelencia en los bienes que se producen - dando paso a un afán cada vez más mercantilista -, pues deja de ser necesario el virtuosismo que haga posible apreciar el bien y las virtudes necesarias para alcanzar dicho estado de excelencia. Por tanto, los maestros se hacen poco útiles.
En todo caso, en el presente, los maestros parecen sólo tener el papel de proveedores de cierta información, compitiendo con otras fuentes de información igualmente útiles. Y por tanto, son considerados (y ellos se consideran a sí mismos de esa forma) como un recurso más, y no como aquel que es capaz de guiar a sus alumnos en el camino hacia la excelencia. Así pues, cualquiera que sea el modelo que se adopte para salir de la crisis universitaria y educativa que en todos los niveles de formación nos aqueja, tiene que buscar los caminos para restituir al maestro en su lugar de maestro: de auténtico maestro (en consecuencia, también los alumnos deberían asumir su papel auténtico de alumnos).
Es sumamente importante aclarar aquí, que no se trata de restituir la figura totalitaria y tiránica que llegó a ser, en algunas ocasiones, el maestro. En una práctica auténtica, guiada por un virtuoso auténtico, el maestro sabe que él siempre seguirá siendo un aprendiz de otros más virtuosos. El hecho de que pueda apreciar mejor el bien y los patrones de excelencia vinculados a éste, lo deben también hacer poder apreciar las deficiencias en su desarrollo y la necesidad de continuar cultivando y ejercitando las virtudes. El maestro debe ser el máximo ejemplo para sus alumnos del afán por aprender, por ser cada día mejor, por servir de una mejor manera a los demás.
El maestro, particularmente el maestro universitario, debe asumirse como un ejemplo de vida; como aquel que ha sido destinado para encaminar a sus alumnos hacia la persecución del bienestar general, a través de los bienes particulares que genere la práctica universitaria. Se trata, por tanto, de que el maestro pueda ofrecer a sus aprendices una educación verdaderamente integral. En una entrada futura, ahondaré más en este punto. Por lo pronto baste con señalar que, bajo los modelos universitarios dominantes, establecidos bajo la idea de la “experticie”, es muy común encontrarnos que los maestros sólo se dedican a enseñar la materia de su especialidad, ignorando en muchas ocasiones cómo es que ésta se relaciona con la totalidad de la profesión de que se trate. Peor aún, manifestando un profundo desprecio (y fomentando con ello una visión distorsionada y reduccionista en los alumnos) por aquellas que no son su materia.
Se debe romper con ese vicio (desde cualquier modelo universitario que sea propuesto); empujando a los maestros a involucrarse profundamente con la totalidad de la formación, intelectual y de carácter, de sus estudiantes. Ello les permitirá, además, convertirse en ese ejemplo de vida que, insistimos, debe ser cada maestro para con sus alumnos.
Hablando de estos últimos, decía párrafos atrás que los alumnos, también deben asumirse como tales. Ello, aunque pueda parecer sorprendente, no es tan fácil. Por años, nuestros jóvenes han sido “educados” para ver la relación maestro-alumno como una relación más entre cliente y proveedor, en la que “el que paga, manda” - es tan lamentable ver cómo ciertas autoridades rectoras de nuestras instituciones universitarias privadas, se llenan la boca con afirmaciones tipo: "los estudiantes son nuestros clientes, hay que darles lo que ellos piden". ¡Mentira! Los estudiantes son eso, estudiantes, y no todo lo que piden es lo que necesitan; de hecho, mucho de lo que realmente necesitan no pueden apreciarlo en etapas tempranas de su formación -. Romper, pues con ese esquema, es una tarea que implica un gran esfuerzo por parte de todos los involucrados en la educación.
No obstante, facilitaría mucho las cosas si, como hemos venido insistiendo, los maestros se constituyen en verdaderos ejemplos de vida. Seguramente que algunas de las virtudes que requerirán las prácticas universitarias en el presente, serán las de liderazgo; uno, obviamente, basado en una autoridad moral y de conocimiento incuestionable. El maestro deberá mostrar con cada una de sus acciones, que merece ser seguido por sus estudiantes.
Así las cosas, la mayor muestra de que el maestro y los aprendices han retomado su lugar, se dará cuando los alumnos vivan con la certeza de que sus maestros los están encaminando por el mejor de los rumbos y puedan entonces confiar en ellos y entregarse de manera comprometida a sus enseñanzas y a los aprendizajes que juntos logren realizar. En ese mismo sentido del maestro como ejemplo de virtuosismo, puedo atender ahora la segunda implicación que tiene el pensar en un modelo universitario basado en la noción de "práctica" ofrecida por MacIntyre.
Ya hemos dicho que para una práctica es fundamental el desarrollo simultáneo de las virtudes intelectuales y las de carácter; ello porque la única manera de poder apreciar en toda su magnitud los niveles de excelencia de un bien, y de poder realizarlo en tales niveles, es poseyendo, en algún grado, todas las virtudes propias de la práctica. Por tanto, todo modelo inspirado en dicha noción, tendría que implicar el cultivo del carácter y de la inteligencia, con la misma fuerza e importancia.
Es muy importante entender que ello no significa incrementar en cantidad y calidad las asignaturas destinadas a la enseñanza de preceptos morales (valores) - menos aún cuando la inclusión de esas materias se piensa como una "ventaja competitiva", un pretexto pobre para decir "aquí si damos educación integral" -. Por el contrario, en el caso ideal, dichas materias deberían desaparecer; pues ya su mera existencia aparte, es un síntoma de que no se considera lo moral como algo central, sino accesorio. En otras palabras, por lo que estoy clamando es por una educación en la que, de manera simultánea a la que se enseñan las destrezas propias de una profesión cualquiera, se enseñe moral.
Tampoco se trata de enseñar una moral de preceptos y normas. Sino, de una moral en la que lo que se inculque sea, simplemente, el afán por servir a los demás con el conocimiento que se está adquiriendo; es decir, el afán por ser buenos, por estar bien para hacer el bien. Ello porque, además, no hay mejor motor para descollar intelectualmente (de apreciar el mejor estado del bien que se realiza), que el afán por trascender en el servicio para los otros.
Así, una implicación de carácter curricular que trae la propuesta que aquí estoy haciendo, sugiere la generación de planes y programas de estudio destinados a desarrollas virtudes del intelecto y del carácter. ¿Cuáles? Las que sean propicias para que los aprendices de cada práctica puedan generar en el largo plazo bienes de excelencia y, por lo tanto, contribuyan al bienestar general.
Hasta aquí esta reflexión. A partir de la próxima entrada, comenzaré a mostrar cómo se vinculan esta idea del modelo universitario inspirado en la noción MacInteriana de "práctica"; y la idea de convertir a la investigación en la principal fuente de recursos de una institución universitaria cuyo financiamiento proviene de particulares.
Gracias por sus comentarios
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