lunes, 13 de abril de 2009

La investigación como la principal fuente de recursos de una universidad privada - quinta parte -

Una vez que todos los ingredientes necesarios para combertir a la investigación en la principal fuente de recursos para una universidad privada, es importante reflexionar en torno a la manera en que los individuos deben organizarse para el trabajo y el aprendizaje conjunto. La presente entrada la dedicaré a ello.
Alasdarir MacIntyre (After Virtue: a study in moral theory. Duckwoth. 1985. London.), un filósofo moral contemporáneo - cuya lectura me parece impresindible, si se quiere tener un diagnóstico preciso sobre lo que nos ocurre en el presente en relación a lo moral - propone una forma socio-laboral que, desde el punto de vista de Fuenmayor (Entre la mediocridad institucional y el dominio imperial de lo instrumental En Briseño et al, 2002. “Pensar la Universidad”. Editorial Panapo. Venezuela) y el mío propio, encaja perfectamente en lo que la formación universitaria debería hacer organizacionalmente: la "práctica". ¿Qué es una práctica?
"[Una práctica es] una forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa, socialmente establecida, mediante la cual se realizan bienes internos a esa forma de actividad, en la medida en que se intentan alcanzar esos patrones de excelencia que son apropiados para –y que parcialmente definen a– esa forma de actividad; con el resultado de que los poderes humanos para alcanzar excelencia y las concepciones de fines y bienes envueltos son sistemáticamente mejorados" (MacIntyre, p. 187).
¿Cuál es la diferencia de fondo entre una práctica y nuestra forma actual de realizar actividades humanas mancomunadas (lo que conocemos en la actualidad como “organizaciones”)? Una diferencia central radica en que la práctica persigue la realización de “bienes internos”, mientras que nuestras actuales actividades están afanadas en la persecución de “bienes externos”. Claro que eso, hasta el momento, no nos dice nada. Tenemos que preguntar, por tanto, por la diferencia entre los bienes “internos” y los “externos”. Veamos.

Los “bienes internos” son constituidos por aquello que se considera bueno al interior de la práctica. Sólo quienes están al interior de la práctica son capaces de apreciar en toda su dimensión dichos bienes; de hecho algunos de estos “bienes internos” pasarán absolutamente inadvertidos para aquellos que no son practicantes de una práctica en particular.
Para ejemplificar pensemos en la práctica de la pintura artística. Seguramente quienes no somos practicantes de ese arte podremos apreciar la belleza de un cuadro. Sin embargo, nunca lo haremos con la riqueza con la que pueden apreciarlo aquellos que sí participan de dicha práctica. Seguramente ellos verán cosas, virtudes y vicios, niveles de excelsitud que, para quienes somos ajenos a la práctica, son simplemente invisibles. Los “bienes internos” que se realizan al interior de una práctica no son sólo aquellas “cosas” que se producen gracias a la actividad llevada al cabo en su seno; hay toda una serie de resultantes de dicha actividad que son consideradas como buenas por los practicantes de cada práctica en particular (por ejemplo, la amistad, la lealtad, el aprendizaje conjunto, el uso adecuado de los medios con que se realizan las tareas, etcétera).

Los “bienes externos”, por el contrario, son aquellos que pueden ser apreciados por cualquiera, no importa si participan o no de la práctica. Por excelencia este tipo de “bienes” están relacionados con el dinero, la fama y el poder. Así, cuando en una organización del presente se habla de la maximización de los resultados económicos, lo que se está persiguiendo es un “bien externo”, el cual puede ser igualmente apreciado por cualquier miembro de cualquier otra organización, sin importar lo que al interior de la misma se produzca.
Por lo general las organizaciones humanas del presente tienen, como ya dijimos, como principal propósito la maximización de las utilidades - y ello ocurre así, por supuesto, cuando la educación es concebida como mercancía. Es decir, que las organizaciones contemporáneas han sido creadas, en su inmensa mayoría, para la persecución de un “bien externo” (la eficiencia); mientras que las prácticas auténticas, consideran que los “bienes externos”, si bien son necesarios en cierto grado, no dejan de ser simples consecuencias de que se realiza una actividad excelentemente.

Lo anterior nos plantea dos preguntas. La primera tiene que ver con la bondad o maldad implícita en que un grupo humano trabaje para lograr un “bien externo” a una práctica. La segunda tiene que ver con la bondad o maldad de que, contrariamente a lo anterior, el trabajo mancomunado se lleve al cabo para perseguir un “bien interno”. Las preguntas pueden plantearse de la siguiente manera. La primera sería: “¿qué hay de malo en que un grupo de personas se reunan a trabajar para lograr riqueza económica (por ejemplo)?”. La segunda podría ser: “¿no es profundamente egoísta que unas personas se reunan para generar bienes que sólo ellos pueden apreciar plenamente como tales?”. Atendamos ambas preguntas de manera simultánea.
El gran peligro existente en aquellas organizaciones que están fundadas en la persecución de bienes externos (dinero, fama y poder), radica en la tensión que inmediatamente se genera entre la posibilidad de lograr el bien buscado y la realización del bien interno producido en esa organización. Dado que el foco de atención es la maximización de ganancias (ya sea en dinero, fortuna o poder), la búsqueda de la excelencia en el bien que se realiza queda sujeta a las restricciones dadas por dicha maximización. Ello implica que, en casos extremos (y sabemos por la experiencia que los hay, aún en los ámbitos universitarios), se realicen “bienes” de un muy pobre nivel de excelencia, que, sin embargo, generan grandes ganancias económicas - o, por lo menos, ayudan a reducir los costos de operación; vicio terriblemente enraizado en nuestras instituciones educativas.
El caso contrario ocurre en las prácticas auténticas. En el seno de las mismas siempre existe un afán por alcanzar la excelencia de los bienes que producen. Ello no quiere decir que se descuiden, por ejemplo, los llamados “costos de operación”. De ninguna manera sucede eso. Lo que sí sucede es que éstos no son una restricción, sino que son simplemente una de las diferentes aristas que conforman la excelencia del bien. Desde la perspectiva de las prácticas hacer algo con el propósito de generar riqueza económica, o de “ahorrar” o de “hacer un uso más eficiente de los recursos” no tiene mayor sentido.
Ahora bien, el hecho de que la excelencia de un bien sólo pueda apreciarse en toda su magnitud por los miembros de la práctica no significa, de ninguna manera, que lo que se produzca en la práctica sea sólo bueno para quienes en ella participan. Recordemos que la definición nos dice que se trata de una actividad “socialmente aceptada”. Ello quiere decir que el bien o los bienes que se producen tienen cabida en la sociedad y, aunque no puede ser apreciado en plenitud el nivel de excelencia que se alcance en la realización de los mismos, ello no implica que no pueda ser apreciado en una cierta medida. La amplitud con la que puede ser apreciado ese nivel por personas ajenas a una práctica determinada, depende de la cercanía o lejanía que se tenga de la misma.

En efecto. Las prácticas se relacionan con otras prácticas. Por ejemplo, la práctica de la ejecución del violín se relaciona estrechamente con aquella dedicada a la fabricación de violines. Un virtuoso del violín puede, por tanto, apreciar con una mayor claridad la excelencia en la elaboración de un instrumento que alguien que simplemente guste escuchar la música interpretada con violín. Y, aunque nunca llegue a comprender profundamente por qué un violín muestra mayor excelsitud para los fabricantes de los violines (por qué dentro de esa práctica es considerado excelente), la visión de este practicante de la interpretación del violín seguramente será muy cercana a la de aquellos que los fabrican. Mucho más cercana, al menos, que la que podemos tener cualquiera de los que sólo gustamos de escuchar una buena interpretación del violín.

Pero, el ejemplo de la fabricación de violines nos puede servir, además, para afinar mejor la idea de que una práctica es una actividad “socialmente aceptada”. El mayor esplendor reconocido en la fabricación de violines se dio en los siglos XVII al XVIII (en las manos de artesanos como Antonio Stradivarius, en Cremona). En aquella época se observó también un esplendor en general, en la actividad musical. Tal vez las piezas más excelsas jamás escritas, fueron compuestas en aquellos siglos. La mayoría de las composiciones musicales de aquellos tiempos estaban relacionadas con temas religiosos (generalmente de origen protestante). Ello fue posible porque, según lo muestran algunas versiones históricas, la música pasó a ser el medio por excelencia a través del cual se podía experimentar la divinidad. Las personas de ciertas sociedades europeas asistían a los oficios religiosos no tanto para escuchar las palabras del predicador, sino para escuchar piezas como El Mesías de Hendel; acercándose de esa manera a una experiencia más cercana con el Creador. Todo esto nos ilustra la manera en que, lo considerado bueno para todos (en este caso, la experiencia de la divinidad), hacía posible las prácticas y era el motor fundamental para la búsqueda de la excelencia en las mismas.

Pongámoslo en otras palabras. Los “bienes internos” de las prácticas auténticas, sólo podían ser buenos en la medida en que contribuían al logro del bienestar general. De tal manera que quienes practicaban persiguiendo el mayor nivel de excelencia de determinada actividad, lo hacían, finalmente, porque buscaban el beneficio de todos los miembros de una comunidad. Era la manera en que además se integraban a la sociedad y formaban parte fundamental de ella. El que realizara una actividad mala (que no persiguiera el bien común), por ejemplo, el que se dedicaba a robar; no podía por ningún motivo ser considerado un practicante (por muy “bueno” que fuera para su “oficio”) y por tanto estaba condenado a ser rechazado socialmente. Esto último nos indica la inseparabilidad entre ser bueno y ser diestro en alguna actividad.
Un interlocutor imaginario podría decir que: “el bien común del presente es la eficiencia y que, por lo tanto, las prácticas contemporáneas, las empresas, buscan ese bien común, así como en el siglo XVII algunas prácticas persiguieron la posibilidad de la experiencia de la divinidad”. Habría que recordarle a nuestro interlocutor imaginario que, por un lado, la búsqueda de la posibilidad de la experiencia de la divinidad, o cualquier otro bien común verdadero, sólo eran trasfondos que hacían posibles las prácticas en algún momento determinado. El bien que ellas generarán no podía ser señalado con esa generalidad, como en el presente sí puede ser señalada la eficiencia. Ello es porque ésta (la eficiencia) es en sí un bien externo. Y cualquiera con cierta preparación puede apreciarla aunque nada sepa de fabricación de violines, por ejemplo.
Por otro lado y tal como lo hemos mostrado en otro trabajo (Cabrera-Crespo 2005 Il Senso delle Practiche e la relazione maestro-apprendista oggi. En “La Svolta Practica in Filosofia Vol. 2 Dalla filosofia practica alla practica filosofica”. Discipline Filosofiche. XV I. Quodlibet. Italia.), en el presente las posibilidades de prácticas auténticas están casi negadas dada la visión instrumental que domina a la cultura occidental. La visión instrumental implica la carencia de reflexión acerca de los fines que se persiguen con tal o cual actividad. En una práctica, por lo hasta aquí desplegado, es fundamental la reflexión constante en torno al fin que se busca (los bienes internos). Por lo que hablar de prácticas en la actualidad es demasiado arriesgado. Existen además otras condiciones, como una cierta relación maestro-aprendiz, que en el presente son imposibles.

Ahora bien, el énfasis en la búsqueda de los bienes internos por parte de las prácticas es tan solo una diferencia, si bien muy importante, con respecto a nuestra manera actual de realizar trabajo conjunto. Hay, sin embargo, una de mayor relieve. Se trata de que la práctica finalmente persigue desarrollar al máximo todas las potencias humanas. Ello implica, contrario a lo que ocurre en nuestras organizaciones en las que se exige el desarrollo de sólo algunas habilidades, que quienes participan de las prácticas deben formarse continuamente y de manera integral en el seno de las mismas.

Pero hay más, la formación a la que nos referimos no refiere únicamente al desarrollo de las capacidades humanas que se emplean al interior de la práctica, sino que esas capacidades o virtudes sólo son tales, cuando el individuo que las posee es capaz de mostrarlas en cualquier ámbito de su vida. Tratemos de comprender más a fondo la noción de virtud en el contexto de las prácticas. ¿Qué significa ser virtuoso? ¿Cómo se llega a ganar virtuosismo? ¿Cuál es el rol de los más virtuosos dentro de una práctica? En lo que sigue daremos respuesta a esos cuestionamientos.

MacIntyre define una virtud como:

Una cualidad humana adquirida, cuya posesión y ejercicio tiende a permitirnos el logro de los bienes internos de una cierta práctica; y cuya falta nos impide efectivamente alcanzar dichos bienes (MacIntyre 1985, p. 189)

Ser virtuoso significa, por tanto, poseer y ejercitar con la mayor destreza posible las virtudes propias de determinada práctica. Lo contrario a la virtud sería el “vicio”, entendiéndolo como aquella cualidad o característica que impide el logro de la excelencia.

Es necesario, sin embargo, aclarar dos cosas con respecto a la anterior definición de virtud. La primera es muy sencilla y tiene que ver con que las virtudes posibles son tan diversas como prácticas existan en una sociedad. En otras palabras, no hay virtudes (ni vicios) universales, sino que cada bien generado en el seno de una práctica, va requiriendo las virtudes que es necesario cultivar y ejercitar.

La segunda es más difícil de entender para nosotros en el presente. Se trata de que las virtudes no sólo refieren a habilidades y capacidades técnicas o intelectuales. Si bien éstas son necesarias, para una práctica auténtica son igualmente importantes aquellas que tienen que ver con el carácter. En otras palabras, no es posible hacer bien un bien, si no se es bueno moralmente hablando. Ello es comprensible si se recuerda que la práctica está fundamentada, finalmente, en la búsqueda del bien común. Por tanto, sólo aquel que desea el bienestar general puede apreciar cómo, el bien que genera junto con otros a través de la práctica, contribuye al logro del bien común y, al poderlo apreciar, estará en condiciones de considerar el mejor estado posible del bien generado por la práctica.

Lo anterior nos permite comprender la manera de ganar virtuosismo (y de desterrar los posibles vicios). Dado que las virtudes de carácter nos permiten apreciar bien “el bien”, es necesario que éstas se vayan cultivando al mismo tiempo y con el mismo cuidado que las virtudes intelectuales o las destrezas necesarias para la generación del bien. Ello sólo es posible con la guía de los más virtuosos dentro de la práctica: los maestros; nuestros académicos destacados que deben guiar las líneas de investigación.

Los maestros son aquellos que gracias a su virtuosismo (que nunca será absoluto, es decir, que siempre estará en proceso de ser mejor) pueden apreciar el bien y las virtudes, tanto intelectuales como de carácter, que son necesarias para poder hacer bien el bien. También pueden apreciar aquellos vicios que son más dañinos para el logro de la excelencia en la práctica. Por supuesto que ello supone una constate reflexión y discusión en torno al aspecto que el bien deba tener en un determinado momento y a las virtudes que se reconozcan como necesarias para alcanzarlo.

En efecto, la idea que se tenga sobre el mejor estado del bien, y sobre las virtudes necesarias para apreciarlo y para generarlo (así como de los vicios que lo impiden) se van perfeccionando con el tiempo en la medida en que los maestros continúen haciéndose más virtuosos. Si en una práctica la idea que se tiene con respecto al bien o bienes que genera se ha ido deteriorando, al igual que las nociones acerca de las virtudes requeridas, podemos decir entonces que nos encontramos ante una práctica en “decadencia”; una práctica en la que los vicios predominan; una que, de seguir así, dejará rápidamente de ser una auténtica práctica, pues ya no podrá más contribuir al logro del bien común gracias a la excelencia de los bienes que genera.

Es importante hacer notar, por lo hasta ahora desplegado, que el virtuosismo supone una “conciencia histórica” de lo que ha ocurrido con la práctica, con sus “bienes internos”, y con las virtudes que en ella se han ejercitado, a través del tiempo. Quien ingresa a una práctica se vuelve, en la medida en que se vaya integrando a ella, miembro de esa historia. Se trata de una historia que se va construyendo a partir de los éxitos y fracasos en que la práctica ha incurrido, en la búsqueda de la excelencia de sus bienes internos. Una historia que es, en sí misma, la práctica. De tal manera que, si por algún motivo se llegara a perder tal “historia”, entonces la práctica misma desaparecería.

Tal vez, la vía más directa para fomentar el olvido histórico, sería el sucumbir ante la tentación que ofrecen los “bienes externos”; cayendo, entonces, en una forma de por sí viciosa de trabajar de forma mancomunada. Toda práctica que comienza a darle una importancia inadecuada a los “bienes externos”, rápidamente empieza a perder de vista su propósito. Se transforma entonces en otra cosa, y la historia del bien y de las virtudes que permiten alcanzarlo, se diluye hasta desaparecer.

La universidad, entonces, debería concebir como su bien interno, por excelencia, la búsqueda de la verdad. Sin embargo, no es extraño hoy en día que la mayoría de los que participamos de la vida universitaria, desconozcamos por completo cuál es la noción de verdad dominante en el presente; cómo llegó ésta a dominar en la historia de la cultura occidental; por qué esa noción de verdad es una de las máximas manifestaciones del deterioro de nuestra cultura (si lo fuera) o, por el contrario, de las mayores muestras del esplendor de la misma (también, de ser ese el caso); de qué manera la actividad universitaria en relación a la búsqueda de la verdad ha sido partícipe del estado actual de la noción de verdad; qué virtudes intelectuales y de carácter hacen falta para comprender la verdad; etcétera. Pero, eso ya será tema de una futura entrada. En la que sigue, sin embargo, hablaremos del cómo institucionalmente, podría ser encarnado un modelo universitario inspirado en la concepción de "práctica" expuesta por MacIntyre.
Hasta entonces, gracias.

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