Estoy, desde hace un par de entradas, reflexionando en torno a la manera en que podemos vincular las dos ideas originarias del modelo universitario que se está planteando. Por un lado, la de convertir a la investigación en la principal fuente de financiamiento de las universidades privadas; por el otro, establecer el concepto de "práctica" ofrecido por MacIntyre como la forma de organización de las universidades. La entrada pasada, en específico, abordé el asunto de cómo puede darse la enseñanza a través de la investigación y de la indeseable desvinculación de estas actividades (docencia e investigación). Ahora, en esta nueva entrada, hablaré de algunas implicaciones institucionales que ello entraña.
Antes de iniciar, es importante volver a aclarar aquí que, por investigación, no me refiero a una manera específica de búsqueda de la verdad. En otras palabras, no creo que haya una manera única de realizar investigación. Cada área de estudio (cada actividad académica con pretensiones de llegar a ser una práctica) debe reflexionar profundamente, sobre qué es lo que considera verdad y sobre la manera de indagar sobre la misma. Así, quienes estén en la práctica de la Ingeniería Industrial, por ejemplo, investigarán de una manera muy distinta a la de aquellos que estén en la práctica de la administración, o a la del periodismo, etcétera.
Por otra parte, es necesario recordar, también, que es la investigación que se realice dentro de cada disciplina, la que va anunciando las necesidades de conocimientos y las virtudes de carácter que se necesitan. Lo cual significa que, aún dentro de la misma disciplina es factible que con el tiempo se requieran nuevas habilidades y actitudes para realizar con excelencia el bien.
Esto me lleva a plantear la primera gran implicación que, aunque ya abordé en alguna entrada previa, es necesario profundizar en ella: la flexibilidad curricular. Es sabido ampliamente en los medios académicos que, en el presente, las universidades (al menos la inmensa mayoría de ellas) gastan enormes cantidades de recursos en mantener “actualizados” sus planes y programas de estudio. Entre otras razones para ello, se apela a los constantes cambios que la tecnología trae consigo, haciendo rápidamente obsoletos algunos de los conocimientos que se enseñan en las escuelas.
Al respecto, planteo la siguiente hipótesis: en el presente, la idea de “conocimiento” y de muchas otras nociones relacionadas con la educación (saber, pensamiento, inteligencia, etcétera) tiene un sentido empobrecido; y es la pobreza de sentido del universo educativo lo que crea la posibilidad de la obsolescencia de lo que se enseña en las escuelas. Por supuesto que la comprobación de tal hipótesis me exigiría un esfuerzo que me llevaría demasiado lejos del propósito de este blog. Por tanto, me limitaré a decir que el modelo que surgiera a partir de esta propuesta debería considerar mecanismos que permitieran una flexibilidad curricular tal, que fuera posible disminuir en frecuencia y en importancia el trabajo de renovación de los planes y los programas de estudio y, al mismo tiempo, que permitiera responder a las necesidades de la investigación propia de cada unidad académica.
Lo escrito en el párrafo anterior tal vez pueda sonar paradójico. ¿Cómo es posible que pidamos, por un lado, flexibilidad; y que, por el otro, aboguemos por el no-cambio de planes y programas de estudio? La razón es sencilla. En el presente, los planes y programas son rígidos en la medida en que éstos están planteados de tal manera que todo aprendiz de determinada disciplina, tiene que saber exactamente lo mismo que los demás. Mi propuesta, por el contrario, parte de la idea de que no todos los aprendices de una práctica deben por necesidad saber lo mismo. Sino que sus necesidades de aprendizaje dependen en gran medida de sus particularidades individuales, y de la problemática que en cada momento se esté abordando dentro de la práctica. Es sumamente importante aclarar aquí que no estoy apelando a la anarquía académica. De ninguna manera se trata, como proponen ciertos modelos pseudo-educativos, que cada quien “aprenda lo que quiera”. Lo que propongo es que, desde la visión de lo que es excelente en cada momento para la práctica, se enseñe lo que se requiere aprender para llegar a ser lo suficientemente virtuoso dentro de la misma.
Ello puede implicar, por ejemplo, que bajo un determinado nombre de materia se engloben diferentes posibilidades de aprendizaje que puedan ser abordadas por los maestros de la práctica, según criterios previamente establecidos, en la búsqueda de la excelsitud de los bienes internos que se generen al interior de la práctica. Y de esa manera, también, se logra la estabilidad de los planes de estudio. Dado que una materia puede ofrecer una multiplicidad de opciones de aprendizaje, entonces no es necesario cambiarla.
Lo anterior me lleva a una segunda implicación. Se trata de la necesidad de establecer mecanismos en cada universidad particular, que estén destinados a garantizar, por un lado, la rigurosidad académica, esto es, el compromiso con la verdad y con la metodología que se establezca para la búsqueda de la misma.[1] Por el otro lado, la excelencia en la docencia.
Aquí me topo con un tema que es un tanto problemático en muchas de las universidades del presente: el divorcio entre administración y academia. Debido a que muchos de los administrativos de las universidades desconocen la actividad académica (y viceversa), se generan “controles”, muchas veces excesivos y que poco contribuyen con el propósito central de una universidad - en un futuro, profundizaré sobre este punto -. Esto resulta bastante “normal”, si se considera que es difícil confiar en lo que el otro está haciendo, y en que lo está haciendo bien, si se parte de un conocimiento reducido de su actividad.
Por tanto, así como he afirmado existe la necesidad de reducir al máximo la brecha entre investigación y docencia; de la misma manera pienso que todo modelo educativo para el presente tiene que acercar lo administrativo a lo académico. Ya en una próxima entrada trataré con calma este asunto. Sin embargo, adelanto lo siguiente con respecto a los controles necesarios para garantizar la rigurosidad en la investigación y en la docencia.
Sean cuales fueren los controles, éstos deben surgir de forma consensuada. Deben ser lo más económicos posibles (y con ello nos referimos no sólo a lo monetario, sino muy particularmente, a su facilidad de aplicación) y estar claramente relacionados con el propósito de la universidad. La superioridad de los resultados académicos y de las investigaciones; la cantidad y calidad de las publicaciones en revistas arbitradas e indexadas, nacionales e internacionales; la participación activa en congresos de especialistas y otros eventos similares; son excelentes mecanismos para evaluar el trabajo de investigación. De la misma manera, la baja o nula deserción escolar; la excelencia en la participación estudiantil; el compromiso del estudiantado con las actividades co-curriculares y extra-curriculares; entre otras, contribuirán a garantizar la excelencia en la docencia.
Los controles administrativos deben además, por encima de todo, propiciar el concurso de todas las actividades académicas con pretensiones de llegar a ser una práctica que se lleven a cabo en una universidad. Con ello me refiero a que esta institución, al convertirse en un espacio en el que las prácticas puedan ser posibles, debe servir también como “aparador” a través del cual los miembros de la comunidad universitaria extensa, puedan apreciar con gran claridad aquellas actividades académicas que mejor se desempeñan; aquellas que sobresalen de las demás gracias a la pertinencia de los resultados que su investigación genera y que se destacan en el prestigio de las publicaciones que produce; aquellas que egresan a los profesionistas más destacados, no sólo por la profundidad de sus conocimientos, sino por su calidad humana y por su compromiso con el bienestar general; en fin, aquellas actividades académicas que más logren acercarse a ser auténticas prácticas.
Una tercera implicación, tiene que ver con el cuerpo docente de las universidades. Ya he anotado la entrada pasada, la necesidad de que sean grupos reducidos de maestros los responsables de brindar una educación integral a los alumnos de cada práctica (disciplina de estudio). Ello implica que las instituciones de educación superior, al menos la mayoría de ellas, modifiquen sensiblemente su actual manera de administrar la docencia.
En efecto, la forma más común en que se administra la docencia en el presente, es mediante una combinación de profesores de “tiempo completo”, profesores de “medio tiempo” y profesores “visitantes” que imparten una o dos materias diarias. La razón que fundamentalmente mueve a manejar el cuerpo docente de esa manera, desde una perspectiva pedagógica, tiene que ver con la necesidad de “experticie”. Como ya lo dije en la entrada previa, en el presente se cree que sólo los altos especialistas pueden manejar ciertos temas y ello motiva a las universidades a contratar como “visitantes” a aquellos expertos que enseñan esos temas “exclusivos”.
Sin negar que sea verdad que ciertos temas sólo son dominados por ciertos especialistas, lo que ignora la postura dominante es doble. Por un lado, que la mayoría de lo que se consideran especialidades a nivel pregrado (licenciatura) son cuestiones meramente instrumentales y de nivel muy elemental, fácilmente asequibles a alguien cuyos fundamentos teóricos sean sólidos y cuya voluntad por el aprendizaje y su afán de excelencia sean fuertes.
Por otro lado, que muchas ocasiones la participación del “experto” en la actividad educativa es pobre. Lo es porque, en primer lugar, muchos de ellos carecen de la vocación docente, de la pasión por educar. En segundo lugar, porque no tienen el conocimiento, y en la muchos de los casos, ni el interés por tenerlo, con respecto a la manera en que sus enseñanzas se integran en la totalidad que compone la carrera o disciplina para la que imparte clases.
Mi propuesta, por el contrario, parte del principio de que el grupo reducido de maestros de una actividad que pretende ser práctica, está altamente comprometido con su vocación docente, a tal grado que no podría haber conocimiento instrumental que fuera necesario para la excelencia del bien que pretendieran generar, que no estuviera dispuesto a aprender en conjunto con sus alumnos, hasta su dominio.
En todo caso, lo que implica la propuesta es la eliminación, o al menos reducción al máximo de los docentes no contratados (“visitantes”). Se trata, además, de ofrecerle a quienes realmente están comprometidos con la educación, aquellos que no la ven tan sólo como un medio para “ganarse un extra”[2], de un empleo estable, a través del cual, puedan hacer el bien.
Por increíble que parezca, tal situación, lejos de incrementar los costos de las universidades, aun de aquellas que sólo tienen maestros “visitantes”, significaría una reducción de los mismos.
En efecto, en primer término, porque dejarían de ser necesarias esas estructuras burocráticas dedicadas a la búsqueda, contratación, supervisión y pago de ese tipo de personal. En segundo lugar, porque, como mostraré en una próxima entrada, gran parte de la carga administrativa podría ser absorbida por los grupos reducidos de docentes. Y en tercero, y quizás el más importante y el más difícil de medir en cuanto impacto, porque reduciría sensiblemente el riesgo de conflictos ocasionados por maestros improvisados - aquellos que anteriormente ya denuncié como propios de la mediocridad institucional -. Conflictos que no sólo ocasionan gastos adicionales a las universidades, sino además y más grave aún, originan una pésima publicidad “boca a boca” que muchas veces termina ahuyentando a posibles candidatos a ingresar a las filas de la institución en donde surgen los mencionados conflictos.
En la próxima entrada comenzaré a hablar, entonces, de la manera en que deberían ser administradas las universidades privadas, cuando éstas buscan generar "prácticas" y cuando desean convertir a la educación en su principal fuente de ingresos. Hasta entonces, pues.
Los espero, también en "El otro blog":
http://elotroblogdemiguelcrespo.blogspot.com/
[1] Es probable que la mejor manera de hacerlo sea estableciendo un departamento de investigación cuyo propósito sea el ayudar a las áreas en vías de convertirse en prácticas, a definir y pulir las metodologías más adecuadas para su particular búsqueda de la verdad.
[2] En las condiciones económicas actuales, ningún espectáculo resulta más lamentable que aquel del “experto” en problemas acercándose a las universidades a solicitar, aunque sea, una “clasecita”.
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