Continuaré, en esta entrada, reflexionando en torno a la vinculación entres las nociones de práctica, aportada por MacIntyre, y de investigación, entendida como la principal fuente de financiamiento para las universidades privadas en América Latina. En ese sentido, me encuentro intentando responder a la pregunta de si es posible la enseñanza a través de la investigación.
Lo primero que debería quedar claro, en este punto, es la indisoluble relación que debe haber entre estas dos actividades cuando la tarea universitaria es asumida como una práctica. Ya he dicho, en la entrada previa, que el investigador debe, por sobre cualquier otra cosa, interesarse por desvelar la verdad en su búsqueda por contribuir con el bien común. También he dicho que la verdad es un horizonte que se aleja en cada paso que se da para alcanzarlo. Ello significa que la búsqueda de la verdad es, metafóricamente hablando, un camino de vida por el que se ha ido transitando en el afán de descubrir la verdad. Pues bien, el auténtico practicante sabe que es necesario preparar a aquellos destinados a continuar su camino.
En efecto, el auténtico practicante conoce su vulnerabilidad humana y lo efímero de su existencia. Y al mismo tiempo, reconoce que la manera de trascender es, fundamentalmente, legando a otros su afán por alcanzar la excelencia en su práctica. No sólo eso, el maestro en una práctica determinada sabe que él es, lo que es, gracias a la práctica que realiza. Por tanto, se siente en deuda con ella, y siente la obligación de prolongar su existencia (la de la práctica), formando a las nuevas generaciones de practicantes, encaminándolos en la esperanza de que lleguen más lejos que él, en esa búsqueda perpetua de la excelencia.
Así, no hay ni puede haber separación entre investigación y docencia cuando la actividad académica se realiza como si ésta fuera una práctica; pues el bien que se alcance a través de la investigación, no puede ser considerado como tal, si no ha posibilitado la docencia. Investigar es buscar la verdad para el bienestar general, y la primera manera en que se beneficia la sociedad a la que sirve una Universidad, es, precisamente, adquiriendo cada vez más y mejores practicantes (ingenieros, médicos, abogados, etcétera), comprometidos con el bien común.
Ahora bien, la enseñanza a través de la investigación requiere, en primer lugar, del diseño de líneas de investigación claramente definidas a partir de las cuales puedan ser derivados temas de investigación específicos, de diferentes grados de complejidad según sea el nivel que se trate - este tema, ya lo abordé anteriormente, en alguna entrada previa. Esos temas derivados tienen, a su vez, que desembocar en tareas definidas que muestren con cierta facilidad las habilidades y destrezas necesarias para su elaboración, así como las virtudes de carácter que se requieren para la excelencia de las mismas.
En segundo lugar, resulta importante entender que, a diferencia de lo que ocurre cuando la enseñanza es independiente a la investigación, los alumnos que se incorporan a una unidad académica en la que se está siguiendo una clara línea de investigación, requieren ser lo más rápidamente posible “actualizados”, tanto en lo que se ha investigado con anterioridad, como en sus resultados.
Para ello, no basta que se les dé un “comunicado informativo” para que se enteren de lo realizado. Se trata de que lleguen a comprender y a hacer suyo, el camino que se ha recorrido con anterioridad. Ello significa que, cuando digo “lo más rápidamente posible”, entiendo que eso llevará meses y tal vez años antes de que el nuevo practicante logre compenetrarse plenamente con la historia de la práctica. Sin embargo, es necesario que se busquen establecer los mecanismos pertinentes para facilitar, en la medida de lo posible, ese aprendizaje.
Finalmente, y quizás esto represente el cambio más significativo con respecto a los modelos dominantes en el presente, es fundamental que los maestros que se hagan responsables de la formación de los nuevos practicantes, lo hagan en forma íntegra. Esto quiere decir que es necesario que, quienes aspiran a ser los futuros maestros de una práctica, sean formados por un grupo reducido de maestros. De tal manera que ese pequeño grupo de docentes pueda llevar un seguimiento profundo del progreso que vayan manifestando cada uno de sus aprendices.
En el presente, en el que la idea dominante de la “experticie” gobierna los modelos universitarios, parece imposible que un grupo reducido de docentes se haga cargo de la formación integral de nuevos profesionistas. Se cree, por un lado, que es necesario que los alumnos sean preparados por especialistas de cada área, de tal manera que el contacto con el mismo les facilite el dominio en cada tema que se aborde. Por el otro lado, se piensa que la diversidad de maestros es buena de por sí, pues facilita que el alumno se familiarice con una amplitud de formas distintas de trabajo.
En efecto, el auténtico practicante conoce su vulnerabilidad humana y lo efímero de su existencia. Y al mismo tiempo, reconoce que la manera de trascender es, fundamentalmente, legando a otros su afán por alcanzar la excelencia en su práctica. No sólo eso, el maestro en una práctica determinada sabe que él es, lo que es, gracias a la práctica que realiza. Por tanto, se siente en deuda con ella, y siente la obligación de prolongar su existencia (la de la práctica), formando a las nuevas generaciones de practicantes, encaminándolos en la esperanza de que lleguen más lejos que él, en esa búsqueda perpetua de la excelencia.
Así, no hay ni puede haber separación entre investigación y docencia cuando la actividad académica se realiza como si ésta fuera una práctica; pues el bien que se alcance a través de la investigación, no puede ser considerado como tal, si no ha posibilitado la docencia. Investigar es buscar la verdad para el bienestar general, y la primera manera en que se beneficia la sociedad a la que sirve una Universidad, es, precisamente, adquiriendo cada vez más y mejores practicantes (ingenieros, médicos, abogados, etcétera), comprometidos con el bien común.
Ahora bien, la enseñanza a través de la investigación requiere, en primer lugar, del diseño de líneas de investigación claramente definidas a partir de las cuales puedan ser derivados temas de investigación específicos, de diferentes grados de complejidad según sea el nivel que se trate - este tema, ya lo abordé anteriormente, en alguna entrada previa. Esos temas derivados tienen, a su vez, que desembocar en tareas definidas que muestren con cierta facilidad las habilidades y destrezas necesarias para su elaboración, así como las virtudes de carácter que se requieren para la excelencia de las mismas.
En segundo lugar, resulta importante entender que, a diferencia de lo que ocurre cuando la enseñanza es independiente a la investigación, los alumnos que se incorporan a una unidad académica en la que se está siguiendo una clara línea de investigación, requieren ser lo más rápidamente posible “actualizados”, tanto en lo que se ha investigado con anterioridad, como en sus resultados.
Para ello, no basta que se les dé un “comunicado informativo” para que se enteren de lo realizado. Se trata de que lleguen a comprender y a hacer suyo, el camino que se ha recorrido con anterioridad. Ello significa que, cuando digo “lo más rápidamente posible”, entiendo que eso llevará meses y tal vez años antes de que el nuevo practicante logre compenetrarse plenamente con la historia de la práctica. Sin embargo, es necesario que se busquen establecer los mecanismos pertinentes para facilitar, en la medida de lo posible, ese aprendizaje.
Finalmente, y quizás esto represente el cambio más significativo con respecto a los modelos dominantes en el presente, es fundamental que los maestros que se hagan responsables de la formación de los nuevos practicantes, lo hagan en forma íntegra. Esto quiere decir que es necesario que, quienes aspiran a ser los futuros maestros de una práctica, sean formados por un grupo reducido de maestros. De tal manera que ese pequeño grupo de docentes pueda llevar un seguimiento profundo del progreso que vayan manifestando cada uno de sus aprendices.
En el presente, en el que la idea dominante de la “experticie” gobierna los modelos universitarios, parece imposible que un grupo reducido de docentes se haga cargo de la formación integral de nuevos profesionistas. Se cree, por un lado, que es necesario que los alumnos sean preparados por especialistas de cada área, de tal manera que el contacto con el mismo les facilite el dominio en cada tema que se aborde. Por el otro lado, se piensa que la diversidad de maestros es buena de por sí, pues facilita que el alumno se familiarice con una amplitud de formas distintas de trabajo.
Sin negar que pueda haber algo de cierto en lo anterior, es necesario señalar las ventajas (más allá de las económicas) que representa un modelo en el que la formación ocurre a través de un grupo reducido de maestros, en una actividad académica con pretensiones de práctica. En primer término, la ya anunciada posibilidad de un conocimiento profundo de cada alumno, haciendo factible con ello una atención más puntual en la formación del mismo. Fomentando la adquisición de virtudes intelectuales y de carácter que a cada individuo en particular le falten; y desterrando los posibles vicios que presente.
En segundo término, se trata de la posibilidad de educar con el ejemplo en algo que es fundamental en el presente: aprender a aprender. En efecto, el grupo reducido de maestros, en su afán de alcanzar la excelencia, se dará cuenta de sus deficiencias, tanto de carácter como intelectuales. Ello los llevará a una búsqueda de aprendizaje, muchas de las veces, en conjunto con sus alumnos. Lo cual les mostrará a los últimos, la necesidad y la voluntad de aprender cada día más y mejor[1].
En tercer término, y ligado con lo que ya he dicho, está la necesidad que se tiene de “diagnosticar” el conjunto de virtudes y de vicios que cada nuevo practicante aportará con su integración a la práctica. Ese “diagnóstico” no sólo debe servir para decidir qué y cómo enseñar, a fin de atacar los posibles vicios que puedan impedir a un alumno alcanzar los niveles de excelencia esperados. Sino, además y quizás más importante, para que la práctica aproveche aquellas virtudes que cada uno de los miembros nuevos esté aportando, para el bienestar general de la práctica.
Finalmente, es importante aclarar que el hecho de que un grupo reducido de maestros sea responsable de la formación integral de los nuevos miembros de la práctica, no implica que la diversidad no esté presente. Si bien no lo está en la amplitud con la que ocurre hoy en día, si lo está en una forma que propicia un aprendizaje fundamental para cualquier profesional de cualquier área de estudio: el trabajo en equipo.
En efecto, el grupo de docentes, por muy reducido que sea, debe por naturaleza presentar diversidad (de estilos de enseñanza, por ejemplo). Dado que están destinados a trabajar juntos, les será indispensable encontrar la manera de brindarle unidad a su trabajo y a superar todas las dificultades inherentes a ello. La docencia a través de la investigación puede así, contribuir con la formación y consolidación de liderazgos fundamentados en la autoridad moral e intelectual del maestro más virtuoso con el que cuente una práctica.
En la siguiente entrada, profundizaré en las implicaciones que, para las universidades privadas en América Latina, tendría el adoptar un modelo como el que aquí se está proponiendo. Gracias por sus comentarios. Los espero en "El otro blog".
[1] Noten la diferencia con muchos casos del presente, en el que el profesor se tiene que presentar ante sus alumnos como “experto” y por lo tanto, como alguien que lo sabe todo (al menos dentro de su especialidad), alguien que no necesita aprender nada, y, por lo tanto, alguien que no puede convertirse en ejemplo de voluntad y disciplina de aprendizaje para sus estudiantes.
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