lunes, 20 de abril de 2009

De la enseñanza a través de la investigación - primera parte -

La entrada pasada, en la que reflexioné con respecto al posible bien interno de la práctica universitaria (todo esto, gracias al marco ofrecido por MacIntyre), terminé anunciando que, a partir de la presente entrada, discutiré la manera en que las dos vertientes del pensamiento que he desplegado, el de la investigación como principal fuente de ingreso de las universidades privadas en América Latina, y el de la universidad como espacio en el que las prácticas MacInterianas pueden ser posibles, se vinculan. Iniciaré tal discusión respondiendo a la pregunta: ¿es posible la enseñanza, indispensable en las prácticas auténticas, a través de la investigación? Para ello, en esta entrada, plantearé unos asuntos que son necesarios antes de dar una respuesta abierta a tal cuestionamiento.
En el presente (al menos en la inmensa mayoría de nuestras casas de estudio, aún de las "serias") la investigación es una actividad que se encuentra muy apartada de la enseñanza. La inmensa mayoría de quienes ejercitan la docencia no están involucrados en ninguna investigación; sino que se dedican a “difundir” los conocimientos generados por otros. Tal difusión se hace generalmente a ciegas, sin ningún criterio que permita poner en tela de juicio la verosimilitud de lo que enseñan. Por su parte, quienes investigan no están involucrados en la enseñanza, o lo están tan sólo de una manera marginal; lo cual es lamentable si se considera que, además, en nuestro país la investigación ya es de por sí una actividad muy escasa.

El por qué de la separación de estas dos actividades que antaño eran consideradas como dos caras de una misma moneda, es una cuestión que no resolveré aquí. Sin embargo, sí estoy en condiciones de señalar un par de aspectos que hacen que, en el presente, ambas actividades luzcan como incompatibles.

La primera es la rigidez de los planes y programas de estudio - ya en una entrada anterior, abordé ese tema y hablé de la necesidad de flexibilizarlos. Quienes se dedican a la investigación, desde cualquiera de sus formas, saben que las capacidades intelectuales y de carácter que van siendo requeridas en cada momento, varían con respecto a las de las situaciones anteriores. Ello hace necesario el aprendizaje de cosas y de temas que muchas veces no podían preverse cuando se inició con la investigación. Obviamente que la dimensión de las variaciones depende del tipo de investigación que se realice, dada una disciplina de estudios determinada.

Por otra parte, los planes y programas de estudio del presente están basados en la idea de que es posible saber, con cierta precisión, cuáles serán los conocimientos necesarios en el futuro para un profesional de tal o cual especialidad. Ello es así, porque, precisamente, estos profesionales sólo están siendo preparados para “aplicar” determinadas tecnologías. Pero, no están siendo formados para investigar.

En este punto, podría volver a aparecer la pregunta sobre la bondad o maldad que tiene una u otra situación. ¿Qué hay de bueno o de malo con que alguien esté siendo formado para la aplicación de determinados conocimientos? ¿Qué hay de bueno o de malo en que alguien esté formado para investigar?

Sin el ánimo de prolongar más allá de lo necesario la discusión, debería bastarme con señalar que, simplemente, no hay una situación exactamente igual a otra. Por tanto, quien está sólo preparado para aplicar determinadas herramientas, está formado de una manera que podríamos calificar de insuficiente, porque cada situación requiere medidas particulares, específicas para esa situación en particular; y quien sólo aplica, sin considerar esas particularidades, estará haciendo lo que haría un médico que a todos sus pacientes les receta lo mismo - casos dramáticos de esto los encontramos en el mundo organizacional contemporáneo en el que el argumento favorito para tomar decisiones es: "a ellos les funcionó". Por ejemplo, cuando todo mundo se pone a aplicar "reingeniería" en sus instituciones, aún en las universitarias, sin preguntarse si es la medicina adecuada para la enfermedad específica de su organización -.

Por el contrario, alguien adecuadamente preparado como investigador, sabe que cada pregunta, cada problema, cada situación, es distinto y que, por lo tanto, siempre requiere de nuevas destrezas, de nuevas capacidades que le permitan encarar la nueva situación a la que se enfrente. Ello le da la ventaja de saberse insuficientemente preparado; y de por ello, seguir buscando el virtuosismo necesario para realizar su actividad con excelencia.

El segundo aspecto a señalar con respecto a por qué hoy investigación y docencia parecen dos actividades independientes la una de la otra, tiene que ver con la creencia de que la investigación es una actividad “aislada de la realidad”[1]. En efecto, se cree que quienes se dedican a la investigación viven un mundo distinto al que comparten el resto de los humanos. Si bien se reconoce la necesidad de la investigación para resolver ciertos problemas particulares; si bien se reconoce también que muchas de las aparentes soluciones con que hoy contamos son producto del trabajo de los investigadores; ello no quita la idea de que se trata de una actividad destinada para unos pocos, para unos extraños seres que han decidido apartarse del mundo, y que, por lo tanto, las grandes mayorías, aún de quienes desarrollan su actividad a nivel universitario, no deben involucrarse en tal tarea; sino, en todo caso, aplicar los resultados provenientes de la misma. No obstante y como trataré de mostrar un poco más adelante; ambas tareas, investigación y docencia pueden y deben ir completamente de la mano. Antes de ello, sin embargo, se hace indispensable detenernos para reflexionar un poco más detalladamente la investigación desde la perspectiva MacInteriana de las prácticas.
En el presente es sabido que una gran parte de la investigación que se realiza se hace con el propósito de responder a ciertos intereses de grupos particulares. Dicha costumbre, alejada de lo que aquí consideraremos una investigación-práctica, suele justificarse a través del discurso de la “utilidad”. En efecto, resulta sumamente común la exigencia de que, quienes se dedican a investigar, lo hagan con el fin de responder a problemáticas específicas que, en la brevedad posible, puedan ser encaradas o solucionadas gracias a los resultados de la investigación.

Es importante aclarar aquí que no estoy en contra de ese discurso que clama por la utilidad en la investigación. Me parece cierto que ésta tiene que responder a necesidades específicas que deben ser atendidas con celeridad. No obstante, a lo que sí me opongo es a que se disfrace de bienestar general los bienes particulares de pequeños grupos o de individuos. Y es que, lo que ocurre en la realidad, es que se dedica la mayor parte del intelecto humano a satisfacer necesidades minoritarias. Comenzando por las de los investigadores, muchos de los cuales sólo dedican su tiempo a ciertas tareas que prometen dividendos económicos importantes (la idea de lograr una patente o escribir un best-seller los entusiasma sobremanera); y terminando por las necesidades de muchos “patrocinadores” de la investigación (corporaciones, empresas, organismos públicos, etcétera) que vislumbran la oportunidad de obtener ganancias de diferentes naturalezas con lo invertido en investigación.

Me opongo tajantemente a tal enmascaramiento (disfrazar de bienestar general el bien privado), porque creo firmemente en que el sentido histórico de la Universidad es la búsqueda de la verdad para el bienestar general. Con eso, no quiero decir que no es bueno que se investigue, por ejemplo, para crear cierto producto destinado a satisfacer la “demanda de determinado segmento de mercado”. De ninguna manera. A lo que me opongo (y perdón por la insistencia) es a que ese tipo de investigaciones no las lleve a cabo la institución (empresa, organismo, etcétera) que se verá directamente beneficiada con los resultados de las mismas. O, no siendo esto posible, suponiendo sin conceder que, dadas determinadas circunstancias, la Universidad es el único lugar en donde puede ser llevada determinada investigación, a que sea el único modo de hacer investigación en las universidades; es decir, a que no se asuman como prioritarias líneas de investigación que se ocupen del bienestar general, llevando al cabo, como tareas secundarias, aquellas investigaciones cuyo interés sea particular.

En ese sentido, cuando la investigación es asumida como si fuera una práctica en el seno de una Universidad que se ha instituido como espacio para actividades que pretenden ser prácticas, el peligro de que se desvirtúe el propósito de velar por el bien común, se reduce. Les recuerdo que una práctica fundamentalmente persigue “bienes internos”, por lo que aceptar realizar su tarea por la búsqueda de fama, poder o dinero, es simplemente un absurdo. Por lo que un parámetro que permitiría a los maestros de la práctica evaluar el nivel de excelencia en una investigación, sería la claridad con que ésta apunta al bienestar general.

Desde la perspectiva de las prácticas los investigadores lo que intentan es llegar a la verdad sobre un asunto en particular, para poner al servicio de los demás los resultados obtenidos en la esperanza de que éstos abran la posibilidad de una vida mejor para todos. Para los auténticos practicantes, el sentido de su ser y de su quehacer está en ese afán por trascender a través de su labor; pero no siendo “famosos”, “ricos” o “poderosos”, gracias a sus inventos o descubrimientos. Trascender significa para ellos la posibilidad de extender su existencia, al vivir, a través de los otros, en un mundo mejor en el que todos tienen un lugar.

Obviamente, lo anterior requiere de que, quienes investigan, antes de ser buenos investigadores deben de ser excelentes seres humanos en el más sublime sentido que la noción de “ser humano” pueda tener. Lo cual nos lleva, nuevamente, al asunto del virtuosismo y de los maestros. A la necesidad de entender que cada docente-investigador debe convertirse en el mejor ejemplo de vida para sus alumnos. Con esto en mente, me dedicaré, en la próxima entrada, a atender el asunto de la docencia a través de la investigación.
Hasta entonces, gracias.
¡Ah! y a partir de hoy los espero en: "El otro blog de Miguel Francisco Crespo Alvarado"

[1] Aunque en algunas “universidades”, en las que lo que se busca es abiertamente hacer negocio, simplemente se dice que “la investigación no deja dinero”. Opinión que no sólo es cínica sino, además, equivocada.

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