lunes, 30 de marzo de 2009

¿Educar o vender educación?

Uno de los primeros errores que comenten actualmente quienes administran universidades en América Latina, es el de concebir la educación como una mercancía más. Es fácil detectar a quienes piensan así:

  • Focalizan sus esfuerzos por reclutar nuevos alumnos en campañas publicitarias "creativas".
  • Es sus anuncios ofrecen las "ventajas" de estudiar en esa casa de estudios en particular (nosotros tenemos "esto" y "aquello" que los demás no tienen - como si anunciacen detergentes, cereales o cualquier otra mercancía consumible).
  • Anuncian lo "cómodo" de sus pagos (muchas veces le dan prioridad a ese asunto sobre cualquier otro).
  • Suelen poner "caras bonitas" en sus anuncios. O bien, slogans como: "con nosotros si triunfas", "el futuro está en tus manos", "somos los campeones", etcétera.
  • Muchos, pagan incluso asesorías especializadas a publicistas, para que les diseñen toda una imagen que sea más "vendible".

Estos esfuerzos, si bien pueden ser rentables en términos empresariales; son un lamentable error en términos educativos.

No estoy diciendo que las universidades - y en general todas las instituciones educativas de todos los niveles - privadas no deberían cobrar por su servicios. De ninguna manera. Buscar la excelencia en el bien que se produce requiere de recursos; y éstos deben generarse por la misma actividad que realiza la institución, salvo en los casos en que hay una fundación que la sostiene económicamente.

Lo que estoy afirmando es que, se equivocan, y lo hacen de una manera rotunda, aquellos que piensan la educación como una mercancía. ¿Por qué?

En un principio, porque eso supone empobrecer el sentido que para la humanidad ha tenido históricamente la educación. Educar ha supuesto fines trascendentes - aunque, tales fines, hayan cambiado de acuerdo a las culturas y sus épocas. Se ha educado a las nuevas generaciones, porque se espera que tal educación consolide transformaciones importantes en la sociedad, cuales quiera que estas sean.

Pensar la educación como una mercancía más, es negarle participar de esos fines trascendentes y llevarla a perseguir sólo fines inmanentes: la utilidad, la eficiencia, el negocio. Lo importante se vuelve "¿cuánto vendes?"; peor aún, "¿cuánto ganas?". Y esto repercute directamente en el nivel de educación que estas pseudo-universidades otorgan:

  • El criterio de aceptación de los alumnos se reduce a su deseo de inscribirse y a su capacidad adquisitiva para hacerlo (en situaciones críticas se acepta lo que sea, sin importar los antecedentes, ni las actitudes o aptitudes del "cliente").
  • El factor "costos" se vuelve crítico. Dado a que hay que maximizar utilidades, los administradores buscan reducir costos a costa de lo que sea.
  • Un rubro particularmente sensible, favorito en la reducción de costos, es el de los Profesores. Se contrata lo que resulte más económico. No importa si se dan o no buenos resultados, porque los resultados que importan finalmente, son los monetarios.

La mezcla puede ser altamente nociva: malos alumnos siendo "formados" por malos profesores; en instituciones a las que únicamente les interesa cobrar lo más posible - y algunas de estas instituciones suelen asociar equivocadamente precio con calidad: "somos buenos porque cobramos mucho"; y pagar lo menos posible.

Lo que no toman en cuenta estas instituciones - que tristemente, considero, son la inmensa mayoría - es que todos esos "clientes" se incorporarán a la sociedad a prestar sus servicios poseyendo un título profesional. ¿Y qué clase de servicios profesionales pueden dar? ¿Cómo serán - o ya son - esas sociedades en las que un alto porcentaje de sus profesionistas el único mérito que tuvieron para graduarse fue el de haber tenido los suficientes recursos para pagar su "educación"?

Ahora bien, la pregunta importante aquí pudiera ser: ¿Es acaso posible generar una educación auténtica, con altos niveles de exigencia y preparación académica, y, al mismo tiempo, hacer "negocio" con la educación? Sí lo es; sólo que, al menos en América Latina, no lo hemos acabado de comprender.

Sí es posible que las universidades generen, al mismo tiempo, egresados brillantes y recursos suficientes para sostenerse. Sin embargo, el primer requisito para hacerlo es dejar de pensar a la educación como una mercancía. Y dejar de pensar a la institución universitaria, como un "centro de comercialización de servicios educativos".

En una próxima entrada, profundizaré mi respuesta a la pregunta por la posibilidad de apuntar a dos objetivos que, para muchos, si no en el discurso sí en los hechos, son irreconciliables: excelencia académica y generación exitosa de recursos.

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